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La Coctelera

Lo spagnolo volante

La dolce arte del non far niente...

16 Enero 2007

Vuelos, ciudades, maletas (especialmente maletas...)

Defino así el periodo que va desde el 30 de diciembre de 2006 hasta el 3 de enero de 2007 (podemos prorrogar la fecha final hasta el 5 de enero, partida de Pablo y Jaime de Venecia a Madrid). Tras diez días en Madrid sin nada que hacer y con tanto por no hacer, tras las cenas, reencuentros y demás cosas sabidas y esperadas, la sorpresa se presentaba en forma de aeropuerto, tocado precisamente la mañana de la partida a Berlín por un coche bomba que colapsó la T4… Algo que aunque suene egoísta pero inevitable, no trunca mis/nuestras esperanzas. Tras media hora de retraso, el avión despega. Decido dar una cabezadita inicial que despierta ya en Berlín. Así, amodorrado, me dirijo a buscar mi equipaje. La cinta da vueltas, bailan diferentes maletas, pero la mía parece ser que se ha quedado en el camerino. O quizá es que ni siquiera ha salido de Madrid. Así, con la cara compungida y con un resentimiento incluso hacia mí mismo de permitir que veinte camisetas me arruinen un viaje, ponemos marcha a casa de Manu…

¿A la casa o al palacio? Unos 30 m2 de habitación se disponen a cobijarnos durante cuatro noches. Somos siete y aún así sobra espacio. Entramos así en una espiral donde el tiempo no transcurre lineal, sino que parece detenerse, pasa sin pasar, simplemente se sucede sin animo de continuidad. Uno se va a la cama y se levanta, pero sin ser consciente de que un día se ha acabado ya, hasta que se da cuenta de que la última noche no puede dormir porque su avión sale a las 6 de la
mañana…

Nos hemos ido al final de la historia sin darnos cuenta (normal, cuando las cosas parecen no tener ni principio ni fin). Entre medias ha habido un poco de todo. Frío, pollos, museos, fotografías, cervezas (para los demás, claro está, a mí dadme JäggerMeister), catedrales, arquitecturas contemporáneas, kebabs (o kebaps?), sacos de dormir… Como base de partida, siempre Alexander Platz y su torre de comunicaciones, que recordaba demasiado a mi querido Franco Battiato. Y uvas, fuegos artificiales, petardos y más uvas.

La Nochevieja en Berlín. La Nochevieja fuera de casa. Tal vez tenga más sentido. Parece que hay algo desconocido por vivir, algo que no despierta tanto nuestro interés cuando estamos en casa, todos cara a la televisión con un platito de uvas y el matasuegras en la mano. La sensación es: hay una noche que quizá no nos pertenezca pero que por ello es más nuestra. El Año Nuevo se presentó así, por casualidad. Tras un día de paseo-turismo, acabamos en una casa desconocida con alemanes desconocidos con los que medio hablábamos en inglés (especificaremos que, aunque debíamos presentarnos a las 19, acabamos apareciendo sobre las 21’30…) y devorando una “fondie” de carnes diversas. Tras una visita fugaz a su terraza, desde la que se veía gran parte de Berlín atronada por los fuegos artificiales y demás pirotecnias, decidimos poner paso a Unter den Linden, una de las calles que tiene uno de los nombres más bonitos del mundo (Bajo los tilos) y que va a acabar a la Puerta de Brandemburgo… a la que, por supuesto, no pudimos ni llegar (ingenuos nosotros, que llegamos sobre las 23’30).

Estábamos en mitad de una guerra. Los petardos estallaban a cada paso alterando sobremanera a un servidor. Patrullas de niños descorazonados lanzaban su artillería a los pies de pobres viandantes que afanosamente saltaban para escapar del impacto. Así, con los nervios alterados, con el cuerpo en tensión, perdimos a Jessica, Stefanie y Diego, quedando solo en pie Manu, Jaime, Pablo y yo, descompuestos y sin uvas… Pero llegaron refuerzos. Una familia compatriota, escuchando nuestros lamentos, nos alargó una mano llena de nuevas esperanzas en forma de racimo de uvas, que repartimos enseguida y que, sin ninguna referencia horaria más allá de las de nuestros relojes de pulsera, devoramos al son de campanas ficticias, sin saber a ciencia cierta si sería la hora apropiada ¿Qué más da?

Pero como las grandes estrellas de la canción, hicimos bises para celebrar el reencuentro con las gentes perdidas que milagrosamente aparecieron entre la multitud. Así, fingiendo de nuevo las campanadas, nos volvimos a semiatragantar con ese neeeeeeeéctar diviiiiiino que desde que tengo uso de razón me endulza la transición entre dos años. En la cabeza no tengo buenos propósitos. Solo ganas. De todo.

Volvemos a casa de Manu. La fiesta al final parece más un guateque, y casi mejor. Las fuerzas fallan y hay demasiada gente con la que hablar después de tanto tiempo: Eva Maria, Celine y Felipe. Recuerdo como las conversaciones se suceden pero sin pasar el tiempo. Lo mejor, filosofar bajo los efectos de Brugal sobre el empleo de una lengua extranjera con Eva Maria (sin duda, la más guapa de la fiesta).

La noche acaba y el año empieza. Mi maleta sigue desaparecida. Así, desarrapado (e incluso agradecido de estarlo) comienza otro día de turismo centrado en el muro de Berlín y el Reichstag o parlamento alemán que nos permitió entrar tras ¿hora y media? ¿dos horas? de reflexiva cola. El tiempo, como dijimos inexistente, se medía por la congelación progresiva de articulaciones, caras y manos. Y, por fin, entramos, subimos a la cúpula de metal y cristal que parece no dejar de acoger gente ni el primer día del año. Un reencuentro magnífico, la ciudad a nuestros pies o nosotros a su cabeza. Todo armonizado por mi síntoma de vértigo gravitatorio: no miedo a caer, solo a sacar la mano con la cámara de fotos intentando fotografiar hasta el mínimo detalle del parlamento e imaginar cómo esta cae y… Despierto de la pesadilla tras una llamada de mi madre que me recuerda mi desaparecida maleta que me amarga un poco el resto de la tarde… hasta la cena en Postdamer Platz, el pretendido nuevo centro de la ciudad caracterizado por edificios ultramodernos que sostienen una especie de cúpula que ya en otra ocasión recordó a una tela de araña metálica.

Y día nuevo, vida nueva. Viaje al aeropuerto repitiendo en mi cabeza, en inglés e incluso en alemán, todo lo que me pudiera servir para preguntar por mi maleta. Así, entre “gepäck” (Manu, corrígeme) y “mother fuckers”, llegué al mostrador de maletas perdidas… Y allí estaba, la pobre. Si hubiera sido un perro, me hubiera saltado a los brazos, lo sé. Nada de preguntas, firmo un documento, cojo la maleta y me escapo. Como acto de fe, me voy de peregrinaje a la catedral, subo a la cúpula y empiezo a despedirme de Berlín. Y finalmente, esta vez con Jaime y Pablo, me voy a ver a Nefertiti, que con su único ojo sano me dice que la belleza no perece, solo es olvidada para reaparecer en otro lugar, miles de años después, bajo un capa de arena del desierto. En fin, estoy feliz. La visita acaba por un paseo por el Barrio de Kreuzberg y unas copas fugaces en un bar digno de un más sublime Lavapiés. Todo para volver a prisa a casa, organizar las maletas y salir hacia el aeropuerto con unas maletas que parecen pesar más, bien por la carga emotiva que nos llevamos de Berlín, de su Nochevieja y sobre todo de Manu, bien por el cansancio.

Dos aviones, una escala más que fugaz en Nürenberg y un sorprendente Ivan que nos espera en Bérgamo…

Genial

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26 Diciembre 2006

En el club de la rima fácil

Pues eso, con los veinticinco apenas inaugurados (a pesar de que en la improvisada tarta de celebración, la bandeja del turrón, por la falta de velas con el número dos, constan dos con el número uno más el maldito cinco…). Llevo seis días en Madrid y aún estoy con la cabeza volando. Raro volver a casa de vacaciones, rara la sensación de no hacer nada, de dedicarme a reencontrar gente. Pero el descoloque tiene sus cosas buenas. Me dedico a dejarme llevar, a no tener iniciativa, a que me preparen los planes, y me encanta.

Curiosamente, las Navidades cada vez significan menos para mí. No es un tópico, sino incluso una pequeña queja. Quizás, sobre todo, el hecho de haber vuelto a casa se haya cargado esta sensación. Yo me fui en agosto, con un calor impresionante y una concepción diferente de Madrid. Ahora es invierno, hace frío, han hecho Montera y Arenal peatonales, Madrid está iluminada (¿En exceso? ¡Da igual!)… Y no me encuentro. No es Navidad, celebro mi regreso, la amistad y la familia (que es bastante mejor).

Se me hace raro hasta el día de hoy, mi cumpleaños, pues estoy
un poco fuera de cualquier concepción temporal. Eso sí, no se me hace raro estar en Madrid. Llegar fue cambiar el chip de manera radical, y no extraño Venecia (como ciudad, no me refiero a la gente). Estoy en Madrid, no puede ser de otra manera, no me incomoda (bueno, sí, cuando tuve que ir a la facultad el día después de llegar fue la gran depresión darme cuenta de que tenía que coger un tren, un metro y caminar quince minutos… Vamos, pobrecito yo… Acostumbrado a vivir en el centro de mi huracán, donde no se concibe una distancia más largas que supere la media hora)

Así, empezamos viaje por casa. La llegada triunfal fue acompañada por suculentos manjares caseros en forma de filetitos de pollo de mi abuela, tortilla, filetitos rusos, cocidos… que en todo superan al mejor manjar italiano.

Al día siguiente, amigo invisible (¡nada mejor para describirme durante los últimos cuatro meses!), reencuentros… Al día siguiente, por fin Madrid me brinda una bienvenida como es debido y prepara unos juegos de luces, música y fuegos artificiales en la Plaza de Cibeles, sobre el Palacio de Correos. Y poco después, estábamos en pleno éxtasis (nada gamberro, por cierto) en nuestro (o más bien mi) retorno al Penta. Pero ya estamos mayores, cierran el Penta y cobijándonos del frío escapamos a donde empezó la noche: Cibeles, tomamos el búho, y a casa a dormir…

Siguen la Nochebuena y la Navidad, familia, y más familia. Bien, quiero ver a todo el mundo antes de irme. Nada contaré de las cenas, que incluso ahora se me hace la boca agua de pensar en ellas (¿qué será de mí cuando me vuelva a hartar de tanta pasta y pizza…?). La Nochebuena en casa con mis tíos, la comida de Navidad en casa de mi hermano. Yo soy el rey de la casa, aunque dejo que las fiestas me quiten protagonismo (al que no lo sepa, le parecerá increíble saber de mi “moderado” carisma, que siempre me pone en segundo plano en las fiestas familiares… inimaginable, ¿verdad?), hasta que empiezo las proyecciones de fotografías… En plan familiar pesado que nunca acaba…


Nada, desde aquí aprovecho para felicitarme a mí mismo el cumpleaños y a deciros que pidáis a los Reyes un viajecito a Venecia. Muchos besos y aprovechad, que los años pasan.

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21 Diciembre 2006

Últimos días en Venecia

Este pseudo veneciano sigue vivo. Eso sí, sus ritmos son frenéticos. He tenido mis días más agitados desde que he llegado. Y es que, como se dice, todo llega junto. En realidad todo son noticias buenas, que me han hecho replantear mi situación aquí. Hasta el momento, mis días en la Querini no hacían más que pasar sin pena ni gloria, encerrado en un despacho, sin labores a la vista y estudiando y aburriéndome (siendo míticas las sesiones de Messenger a escondidas). Faltaba la motivación ya no digo de hacer cosas que respondiesen a mis “supuestas” capacidades. Quería una tarea, algo que hacer, sentirme útil en algo…

Pero bueno, vayamos por partes. 3 de diciembre, cumpleaños y llegada de Qky a Venecia ¡Ver aparecer a Qky tras las puertas de cristal del aeropuerto es una experiencia inolvidable! Y hasta única. Qky en Venecia por fin, cumple su promesa. Inconcebible ver esa cabeza rapada que arrastra una maleta. Una cara amiga, una persona con la que hablar sin tapujos, un viejo conocido. A los que viven en el voluntario exilio (olé!) les hace falta la presencia de casa para no olvidar de dónde vienen, pues detrás de la añoranza se esconde la amenaza del olvido involuntario. O, por decirlo de otra manera, el olvido de lo que uno es debido al melancólico pensamiento de no ser ya quien se era (soy consciente de que me he flipado, que solo llevo aquí tres meses y que dentro dos días estoy de nuevo allí).

La cuestión, Qky me ha puesto un poco en mi sitio. Me ha hecho recordar, me ha preparado para la vuelta, cosa que en este momento deseo por encima de todo. Y con Qky, bueno… ¡ha llegado la Navidad! Y mientras Venecia se viste de gala (turística), nosotros nos hemos dedicado a pasearla con paso sobrio, tranquilo, relajado. No ha habido palizas turísticas, no ha habido demasiadas prisas. Solo el reencuentro, armonizado con máscaras, palacios y hasta una fiesta española en el Carcan (¡¡evidentemente!!). En fin, cargábamos energías. Mientras yo trabajaba, Qky se dedicaba a la cura del sueño.

Paradójicamente, la protagonista de este viaje Qkano ha sido otra ciudad: Florencia. El fin de semana lo pasamos allí con Ivan. Las impresiones las más diversas, pero todas emocionantes. Acostumbrado al lento ritmo veneciano, Florencia se muestra llenísima de vida (por no hablar de arte…), de inquietud.
Una ciudad nueva siempre que vuelvo, pero sin embargo, una ciudad donde, siempre que estoy, llueve. Y de nuevo me he vuelto a encontrar con el arco iris desde lo más alto (¿te acuerdas, Manu?). Ante la imposibilidad de escalar (quien haya subido sabe que este es el término exacto) la cúpula de la catedral, nos conformamos con subir al campanille (bendita conformidad)… y allí paró la lluvia y salió el arco iris (aunque Manu, no era tan evidente).

Por lo demás, conseguimos hacer un planning bastante preciso de qué hacer en la ciudad, y prácticamente vimos todo (quedó en el tintero el David de Miguel Ángel…) iluminados de nuevo por las luces de Navidad (tan necesarias… ¡en este país se hace de noche a las 16!) y calentados por las castañas callejeras y los vin broulè. No entraré en detalles. Solo diré que hice 500 fotografías y que espero que entendáis lo difícil que se me hace seleccionar las apropiadas para el blog…

La vuelta a Venecia fue una Odisea (cogimos un tren que salía a las 1’47 de la mañana y llegaba aquí a las 5’30), y claro, tuve que ir a trabajar habiendo dormido dos horas… Para colmo, ese día teníamos que preparar la fiesta de los Amigos de la Querini (gentes de dinero que invierten en la fundación), montando una exposición, moviendo muebles antiguos, cerámicas… Vamos, que como para tropezarse… Dejo mi trabajo para acompañar a Qky al aeropuerto, que desaparece en la cola de los detectores metálicos. Y vuelvo a la Querini: me encuentro con que todo el mundo tiene una labor asignada, y yo me siento de nuevo inútil en este fundación. Me siento vacío, creo que nadie cuenta conmigo.

Así estaba yo, entreteniéndome con la cutrería de la gente que se abalanza sobre la mesa del buffet para cenar algo (y es que las joyas no siempre dan distinción…), cuando me cruzo con una profesora que tuve durante la Erasmus, y para la que hice un trabajo sobre tratados del Renacimiento. La profesora se acordaba de mí y de mi trabajo. Y no solo eso: me propone dar una clase, pues en esos días da unas clases que se acercan bastante al argumento del trabajo. Acepto sin titubear, a pesar de que tengo solo dos días para prepararlo.

Y la locura empieza. Yo que pensaba darme unos días de descanso me encuentro de nuevo dentro de la vorágine. Pospongo mi descanso hasta el jueves, día en el que tengo que dar la clase, que fue genial, ya que me encontré muy suelto y fui capaz de hablar durante dos horas sin nervios (¡mi sueño hecho realidad! Definitivamente quiero ser profesor de Universidad). Al final incluso me aplauden (a profesora les tiene bien amaestrados) y no solo eso. La profesora me dice que mas adelante hablará sobre los Diálgos de Arte y me dice que, puesto que ese es el argumento de mi tesina, podríamos repetir experiencia. Y me dice que tiene un amigo en un centro de estudios de arquitectura palladiana donde tal vez me interesaría hacer unas prácticas. Bueno, aunque esto entre ya en lo virtual, la verdad es que no deja indiferente.


Salgo de la facultad cansado pero triunfante, con la cabeza por las nubes entre la sobreestima y el sueño. Pero antes de ir a casa, tengo que ir a la Querini ¡Y me encuentro con que me dan trabajo! Unas fichas de unas obras que saldrán para una exposición sobre arte veneciano que habrá en Japón. Y eso significa hacer las fichas de conservación, buscar bibliografías y actualizarlas… vamos, lo que viene siendo volverse loco… Otra vez de cabeza, incluso haciendo horas de más en la Querini (horas que, por otra parte, en teoría debo). Finalmente llega el fin de semana pero… ¿cómo voy a descansar? ¡Si es mi último fin de semana en Venecia antes de irme! En fin, que se puede decir que estoy al borde del estado zombi… Y esta tarde (que será ayer por la tarde cuando lo leáis), Ivan y Katia me esperan para cenar y despedirnos en Padua, mañana cena con los compañeros de piso, y falta aún hacer la maleta, comprar algún regalo, afianzar todo antes de irme… En fin, que desde que ha venido Qky no he parado. Pero que esto empieza a tener sentido. El tiempo pasa, pero no lo parece. Y mañana estaré en Madrid para volver a Venecia prácticamente pasado mañana. En fin, chatos y chatas, os quiero.

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23 Noviembre 2006

A la noble ciudad de Venecia (Primera parte)

Después del día horrible de ayer, en el que nos levantamos con las sirenas del Aqua Alta para descubrir que la lluvia asolaba Venecia, y en el cual el cansancio por la fiesta de la Salute presagiaba un día muy largo en la Querini (además, los miércoles son los días en los que trabajo hasta las 18), Venecia me pide perdón. La brisa fría de la mañana hoy se ameniza con el sol. El campo de Santa Maria Formosa, donde está la Querini, ofrece una buena panorámica. Tanto, que cuesta entrar a trabajar.

Pero aquí estoy, en el despacho. Estoy, de hecho, solo. Así que aprovecho para actualizar el blog. Debo decir que, lo que empezó siendo un pequeño resumen de la Fiesta de la Madonna della Salute, ha acabado siendo una especie de popurrí histórico-artístico acerca de la presencia de la peste en Venecia. Vamos, que mis ínfulas culturetas saltaron sobre mí y pudieron conmigo. Pero bueno, ¡¡un poquito de cultura general sobre la ciudad donde vivo!! Además, me encanta hablar de Venecia.

Así que preparaos. Oh, guías de viaje, libros y lecciones frecuentadas! Oh, espíritu egregio de la Reina del Adriático! Oh, todos aquellos mortales que sucumbisteis apestados! Haced pronta la mano, liberad el intelecto, guiad mis pensamientos e inspiradme la sabiduría. He aquí el parco resumen de tu sufrimiento, ciudad de Neptuno...

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23 Noviembre 2006

De pestes y fiestas (Segunda parte)

Las crónicas nos cuentan que en 1347 llegó desde Kaffa al puerto de Venecia una nave comercial con su cargamento, entre el que se contaba un grupo de ratas campestres o negras portador de la peste negra, que no tarda en propagarse por la ciudad. Tres quintas partes de la población mueren en los 18 meses siguientes. La ciudad se recupera pero la amenaza no desaparece. Venecia lucha con los mismos escasos medios con los que la resiste el resto de la Europa medieval: islas que se convierten en prematuros cementerios donde la gente va a morir, cuarentenas, la no siempre eficaz sanación de aguas, intentos de erradicar las ratas...

Tres siglos de peste esperan a Venecia, que combate con la muerte en casa mientras ve inevitablemente el lento derrumbe de su dominio. A finales del Quattrocento, tras la caída en 1453 de Constantinopla (desafortunada metropolis de la Venecia original, y a la que, sin embargo ni piedad, no deja de dar el toque de lenta pero inevitable muerte tras la toma de la ciudad durante la Cuarta Cruzada de 1204) en manos de Mohamed II, Venecia no para de ceder tierras ante el avance turco (Negroponte, Scurati…) Por si no bastara, tiene problemas también a las puertas. En 1509, el Papa, los reyes de Francia y España y el Emperador Germano se alían unilateralmente contra Venecia en la Liga de Cambrai, que se salva de la extinción tras la inevitable derrota de Agnadello aunque dejando por el camino prácticamente todas sus posesiones en Terraferma (de las que más tarde se reapropiará en gran parte, gracias especialmente a la diplomacia). No es suficiente castigo. Trajinada por los turcos y sobrepasada por las potencias europeas, en 1510 es asolada de nuevo por la peste. Venecia vive sus años más críticos hasta su caída.

La peste de 1510 tiene repercusiones artísticas: mata a Giorgione mientras Tiziano acapara su herencia. Será Tiziano, además, quien ejecute la pala votiva de San Marcos con San Sebastián, San Roque y los Santos Sanadores Cosme y Damián. Una pala no carente de sentido, que representa a la ciudad en su patrón, san Marcos, entronizado, mientras el resto de santos se explican por sí solos. Un santo mártir que encuentra un primer castigo en ser cosido a flechas, aunque será curado por la viuda Irene (solo para luego morir apaleado). Otro santo que dedicó su vida a sanar apestados, si bien cuando él resultó contagiado no recibió ayuda de ninguno (solo del ángel que milagrosamente le curó de su enfermedad). Y finalmente, dos santos médicos hermanos que salvaron al diácono Justiniano de su pierna gangrenada implantándole una pierna de un etíope muerto el día anterior (lástima que nadie pudiera hacer lo mismo cuando fueron decapitados). Tenemos así a cuatro santos en relación directa con la medicina y la sanación, de coherente presencia dentro de esta pala votiva para conmemorar el final de una peste, cuya amenaza sin embargo continúa planeando sobre Venecia como podría dar a entender la cara ensombrecida de San Marcos.

Y tanto que sigue planeando. La gran peste de 1576 mata a un tercio de la población veneciana. Aunque se mantiene que Tiziano fue una de sus víctimas, no parece probable, y es que un cuerpo asolado por la peste no se conserva para exequias. El cuerpo de Tiziano, sin embargo, fue inmediatamente sepultado en la basílica dei Frari, y no quemado como era costumbre hacer con los cuerpos de los apestados. Pero si la peste respetó la muerte de Tiziano, no hizo lo mismo con su hijo Orazio. Pero nos desviamos de la familia Vecellio para centrarnos en Andrea Palladio, a quien se encarga el proyecto del templo del Redentore de nuevo con intención votiva, y cuyo nombre lo dice todo: Redención y Perdón. Esta búsqueda de expiación se entiende mejor cuando leemos que la primera piedra del edificio se puso el 3 de mayo de 1577, antes de que la peste acabara, en julio del mismo año.

El estilo fuertemente clásico modular palladiano se asoma desde la Giudecca y mira a Venecia, que le da la espalda. Las proporciones perfectas de la fachada, su juego de volúmenes, prácticamente inapreciables desde la fondamenta a la que da, se deben admirar desde el otro lado del Canal de la Giudecca, desde Zattere. Precisamente desde aquí parte el puente (antaño de barcas, hoy de bisagras) que une, el tercer domingo de julio, Venecia con la Giudecca en la fiesta del Redentor, donde las barcas flotan a sus anchas mientras sus tripulantes de dedican a los placeres de la comida y del botellón acuático mientras el resto de mortales sin barca se conforman con invadir un trozo de fondamenta a la espera de los fuegos artificiales que volarán sobre el Bacino de San Marco.

La última gran peste será la de 1630 – 1631. La población de nuevo baja en un tercio. Y el gobierno reacciona de la misma manera. Antes de que acabe la peste, se decide consagrar un templo votivo a la Madonna della Salute, como intercesora ante los ojos de la muerte. El resultado no solo supone el edificio barroco más impresionante de Venecia, sino la redefinición de todo el Bacino de San Marcos y la entrada al Gran Canal. Un edificio de planta central octogonal, cuyo autor, Baldassare Longhena, describe como una “corona” para la Virgen. Mientras la estructura de base trae a la cabeza a Palladio (aunque con un juego decorativo más barroco), la cúpula que remata el edificio se presenta como la gran protagonista del edificio, sostenida por unas enormes volutas estructurales llamadas “orecchioni” o, en castellano, “orejones”. El interior, más austero, con el clásico juego veneciano en los pavimentos, se concentra también sobre la culminación de la cúpula, protagonista de nuevo indiscutible. Los altares de los lados se decoran con obras de Tiziano y de Luca Giordano (para nosotros el Lucas Jordán que pintó el techo de la escalera de El Escorial).

Y claro, también como el Redentore, tiene su fiesta conmemorativa particular. El 21 de noviembre. De nuevo, un puente temporal une la iglesia con el otro lado del Cran Canal (de hecho, el puente es una tercera parte del mismo que se usa para el Redentore). Y ésta es la crónica: las misas se suceden durante todo el día, la gente acude con sus cirios para pedir a la Virgen por la salud de sus allegados, se permite la visita de la parte trasera del altar (que da paso a la Sacristía donde no casualmente, entre obras de Tiziano y Tintoretto, se encuentra la Pala de San Marcos con San Sebastián, San Roque y los Santos Sanadores Cosme y Damián), las calles de los alrededores están atestadas, los puestos no paran de vender “fritelle” (una especie de masa frita bañada en azúcar ya de por sí empalagosa, que he tenido el placer de acompañar con Nutella, y más tarde con una manzana de caramelo).

Toda esta reflexión tiene sentido. La peste ha condicionado Venecia. Sus dos grandes fiestas tienen relación con ella. Si su patrón es San Marcos, su patrona es la Madonna della Salute. Una de sus Grandes Escuelas está dedicada al santo sanador de la peste, san Roque. Desde el presente, desde la celebración de plegaria, vela y caramelo, no conviene olvidar el sentido de esta fiesta. Es la fiesta más popular, en la que se celebra la propia salud. Los matices religiosos pueden dejarse a un lado, pero la celebración de la vida es siempre un buen argumento. Sentirnos vivos, cruzar el puente para pasar a formar parte de un rito, de una plegria que no nos atañe aunque nos incluyamos en ella. Son momentos en los que me arrepiento de ser tan ateo...

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15 Noviembre 2006

Lo spagnolo volante... vola!

¡¡¡ATENCIÓN!!! Para el que no tenga planes para el miércoles 20 de diciembre a las 20.40 de la tarde, le propongo ir a Barajas. ¿ Por qué? ¡Porque quiero una bienvenida calurosa! ¡VUELVO A CASA! Encima, el vuelo casi regalado. De hecho, las vacaciones comienzan oficialmente el 22, pero he hablado con mi tutora y me ha dicho que, si recupero las horas, non hay problema (es que si me fuera el 22, debería pagar más del doble…).

Y no es lo único. Se confirma la visita del señor José Torrecilla “alias” Qky entre los días 3 y 11 de diciembre (por cierto, para el que no lo sepa, el 3 de diciembre es su cumpleaños). Entre las actividades propuestas, parece que gana la de ir a pasar el fin de semana del 8 al 10 a Florencia. Vamos, que voy a tener buen material para actualzar este bendito blog. Un diciembre movidito: Venecia, Florencia, Madrid, ojalá Berlín…

… La vita è bella …

Mientras, empiezo esta semana, oficialmente y con sueldo, a dar clases particulares de español. Estoy eufórico. Más cosas, más cosas… Veamos, que a nadie se le ocurra mandarme nada a casa, porque las cartas jamás llegan (me tendrían que haber llegado tres que se han quedado en el limbo de las postas italianas). Por úlitmo, os he incluido a los freaks del Renacimiento una serie de links (a la derecha de la página) con todos los tratados del mundo (o casi todos).

Bueno, para el 20 espero una bienvenida de rey o de emperador por lo menos. Tengo muchas ganas de veros, así que reservadme las fechas, ¿vale? Un beso enorme para todos.

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13 Noviembre 2006

Por fin...

Sé que suena extraño, pero hasta ayer no conseguí reunir a Francesca, Sara e Ivan bajo el mismo techo ¿La excusa? Una fallida fiesta española en el Carcan. Estamos organizando la gran fiesta española para el viernes que viene, pero ayer teníamos que reunirnos todos para organizar todo, aprovechando así para hacer una “anterpima”. Pero el reproductor de mp3 estaba jodido, con lo cual tuvimos que pasar.

Pero lo importante es eso, que por fin estábamos en la misma ciudad todos. Francesca y Sara con los respectivos novios, Ivan que había venido porque iba a ver la Bienal de Arquitectura y yo que, bueno, “son venexian”. Estuvo bien, aunque no estuvimos hasta tarde. Al menos se decidió salir algún día hasta horas intempestivas (lo que en Venecia quiere decir hasta las 4’00), aunque mucho me temo que esto no será hasta que os decidáis a venir y nos honréis con vuestra presencia.

Y la vida sigue y sigue, la magia del fin de semana pasado ha desaparecido en parte, pero la actualización del blog la ha recuperado. Por cierto, que ya he retomado la tesis y me he puesto a tope con ella, así que, como dice mi madre, estoy en un periodo de interesante combinación fiesta-estudio.

No es por tirarme flores, pero en este sentido soy el mejor (ejem..).

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13 Noviembre 2006

Treviso!!

Pereza… Tras la fiesta de Halloween no he vuelto a escribiros, y es que tal vez después de tan magno acontecimiento, las demás cosas pasan a un segundo plano… En fin, una excusa como otra para explicar por qué no he escrito en el blog en los ritmos días, cuado en realidad sea la palabra que abre este capítulo la que explica todo…

En fin, aquí la descripción del fin de semana pasado. Otro viaje y otro tren hacia Padua, otra cena con Ivan, Katia y Sara (no la morena, sino una amiga de Ivan) en el bar en el que trabaja Manuela. Dos protagonistas de excepción: la comida china (con galletitas de la suerte incluidas, que, menos mal, me auguraron una larga vida y muchos hijos…) y un café que Katia me derramó por encima, sobre el pantalón (ella decía que sin querer, pero yo sé que no puede resistirse a meterme mano… véase la fotografía). Todo avanza bien, pero hace un frío que te mueres, con lo cual, cuando se empieza a retirar la gente, en vez de salir, Ivan Katia y yo nos vamos a ver “Brian de Nazareth” (“La vida de Brian” en italiano), y así de mística acaba la noche.

Pero lo bueno estaba por llegar. A la mañana siguiente, tras una abundante comida con argumento histórico en casa de Ivan, salimos para Treviso. Yo, copiloto incondicional que se iba durmiendo gracias a la generosa comida y los vinos, cognacs y ron mieles tomados en su transcurso… Pero fue llegar a Treviso y comenzar la magia. Para empezar había delfines que volaban, y osos y pingüinos salían a los balcones para vernos pasar (nada de trippipes, ver fotos). No esperaba nada especial de Treviso, y seguramente fue por eso por lo que me sorprendió tanto. Es una ciudad pequeña, compacta, armónica… Tal vez falten obras maestras, pero la ciudad en sí es un conjunto espectacular. Ivan no paraba de sorprenderse de la relación de la ciudad con el agua de los canales que la atravesaban. Yo, para variar, no paraba de ver a Palladio por todas partes. Había rincones encantadores, calles atestadas de gente que paseaba… Es una ciudad que invita a mirar. La particularidad de las ciudades del Véneto es que tienen una vida propia, un ambiente urbano-social bastante marcado, que en Venecia a veces se pierde por el exceso de turismo.

La guinda la pusieron los amigos de Ivan: Chiara, Federico y “La Pazza” (no me acuerdo cómo se llamaba!). Quedamos para tomar el clásico spritz, que se trasformó en cena y más tarde en invitación a una fiesta de licenciatura. Vale que ni Ivan ni yo conocíamos a la reciente licenciada… ¿pero desde cuándo eso ha sido un problema para ir a una fiesta con todos los gastos pagados? El lugar estaba en mitad de la nada, un sitio perdido rodeado de campos donde no se molestaba a nadie (y nadie nos molestaba a nosotros). Y así, entre sangría (sorprendentemente buena), cerveza y sambuca continuó la noche hasta la final retirada.

El día siguiente lo dedicamos al reposo, solo interrumpido por un paseo por los alrededores de la casa de Ivan en Rubano (en homenaje a Ivan, tengo que hacer promoción de su tierra!). Todo naturaleza y tranquilidad, un gran lago, ocas que nos amenazaban y villas en torno. En fin, una buena manera para desconectar de los ritmos urbanos… Tras este paseo las energías se quedan a cero, y tras la comida, mientras intento ver con Ivan un documental sobre las Brigadas Rojas, desfallezco, me echo una de las siesta más placenteras de mi vida. Consigo levantarme para ver el final del documental, sorprendiéndome de lo especialmente capullo que parece el presentador. Acaba e Ivan me acompaña a la estación de Padua. Cojo el tren, saco la cámara y me pongo a ver las fotografías hechas. Conclusiones: soy feliz, el mundo es bonito. Ha habido mucha magia involuntaria este fin de semana, entre cafés que vuelan, galletitas de la suerte, pingüinos, delfines, osos, rincones, lagos y ocas… y no, no estoy enamorado más que del mundo.

GRACIAS, IVAN!!!!

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