
Es matrtes, 10 de abril. El tren de vuelta a Venecia hace un retraso monumental de dos horas y media. Estamos cansados, los ojos luchan por cerrarse y finalmente, cuando aún queda hora y media para llegar a Venecia (son las 22’30 de la noche), nos dormimos. Cuando ponemos pie en la estación de Santa Lucía a medianoche, tenemos los sentidos embotados. El traqueteo del tren ha calado hasta los huesos y en cierta medida los ha descoyuntado.
Qué diferente es todo. Vuelven a desaparecer los coches. La ciudad es pequeña, los edificios bajos…
Todo contrasta con San Giovanni Rotondo, el último lugar que hemos visitado al sur de Italia. Es una ciudad de la región (para nosotros comunidad autónoma) de Puglia (el tacón de la bota italiana), cercana a Foggia, desde donde nosotros salimos (Foggia está también en Puglia, pero es la parada de tren más cercana a la casa de Vanna, que pertenece a la región de Basilicata), que tiene el honor de haber visto la vida y milagros del Padre Pío. Todo el anecdotario sobre la historia e iconografía de este santo de principios del siglo XX la dejaremos en el tintero, y solo señalaremos que fue un hombre implicado, concienciado de las problemáticas sociales que lo rodeaban, que hizo de san Giovanni Rotondo un lugar de refugio
para los más necesitados, fundando el que hoy es el mejor hospital del sur de Italia. No puedo dejar de mencionar que, como atributo de santidad, sobre las manos le aparecieron los estigmas de Cristo (por ello, en la foto aparece con guantes). En el sur de Italia le adoran. Con sus esfuerzos hizo levantar una iglesia-convento (digamos que horrible, por cierto) y, en su memoria, se ha levantado una segunda iglesia sobre proyecto de Renzo Piano (el mismo que hizo la cúpula del Postdamer Platz de Berlín), que
parece más un estadio de baloncesto que una templo cristiano, aunque no deja de ser impresionante, al exterior porque realmente se adapta el paisaje del entorno, y al interior por la constante sucesión de pilares curvos que, de nuevo, vuelven a recordar a un insecto (ya dije que el Postdamer Platz de Berín me recordaba a una tela de araña). Y digamos que la iglesia nueva es ya de por sí motivo de peregrinación para las nuevas generaciones de arqutiectos.

Es un paseo tranquilo con Vanna y sus padres, que me cuentan todo tipo de anécdotas sobre el santo y el lugar. Hace sol, estamos tranquilos, quizá un poco amodorrados por el madrugón. Pretendemos olvidarnos del tren que finalmente nos ha dado la puntilla. Es quizá el momento en el que más hablo con el padre de Vanna, Antonio, que durante nuestra visita se ha visto indispuesto debido a una terrible tortícolis que le ha impedido (también para su fastidio) prestarnos mucha atención. Pero ese día está bien, está contento, me cuenta cosas sin parar. Yo le escucho con interés, con uno de los intereses más sinceros de los que he probado durante el viaje. Y es que este ha sido un viaje donde no he parado de conocer gente, tanto familiares como amigos de Vanna. Y de hecho, mientras escribo, me doy cuenta de que ya he olvidado nombres e incluso caras.
De hecho, justo el día anterior, el lunes llamado de Pasquetta (que en español no sé como se llama y que para mí siempre ha sido el
lunes de propina porque era todavía festivo), como es normal en toda Italia, nos fuimos con los amigos de Vanna de picnic campestre, en mitad del monte, cerca de un río, algo bastante "idílico – bucólico", pero que a mí me dejó fuera de combate. Me sentía dentro de un caos lingüístico absoluto, donde se mezclaba el italiano con el dialecto lucano. Además, el cansancio “social” hizo mella, me sentía un poco “harto” de conocer gente, estaba cansado, tenía sueño. Es uno de esos días en que ser simpático me resulta difícil (me concéis perfectamente, sabéis a lo que me refiero: no soy bueno cuando llego nuevo a un grupo grande). Así que la mañana me resultó difícil, aunque, cuando empezamos a comer (y a beber) me animé un poco (aún así, estaba lejos de sentirme el alma de la fiesta). La tarde discurrió con juegos y trucos de cartas, aporreando balones (que bello volver a jugar al 1 X 2) y tratando de soltarme. Hice progresos pero no mejoré bastante.
Para el que piense que soy exagerado, que viva una jornada como la del día anterior, el famoso Domingo de Resurrección. Ya sabía que iba a ser un poco duro, porque ese día tocaba comida familiar en casa de la abuela paterna de Vanna, y para rematar, hacer después la ronda de familiares. Mi presencia crea cierta espectación, soy el primer chico (entiéndase “novio”) que Vanna lleva a casa, que hace oficial, y encima no puedo quitarme de encima el sambenito de ser español. El exotismo me vuelve a hacer ganar puntos. Todos me tratan bien. La comida en casa de la abuela es genial, no solo por los platos, todos geniales (en Basilicata saben comer bien) sino porque me encuentro a gusto. La abuela me
coge cariño enseguida, aunque no sabe decir mi nombre y me llama “Giacomo” (Santiago a la italiana). Cada vez que intento hablar con ella, siento la mirada de todos en mi nuca: la abuela me habla en lucano, y yo hago todos mis esfuerzos para entenderla, creando lo que para los demás es una escena cómica pero de la que salgo un poco apurado. Estaban además los tíos de Vanna (no todos, hacer el árbol genealógico de Vanna es incluir a casi toda la población de su pueblo, Rionero in Vulture), su primo y su hermana. Y será con el primo y la hermana, y también con conocidos, con quienes iremos a Monticchio, una zona montañosa cerca de Rionero donde hay dos lagos practicamente gemelos separados por un monte, y que como espectáculo de la naturaleza no tiene desperdicio. Volvemos a Rioenro para seguir con las visitas (a los abuelos maternos de Vanna, los tíos…), y en dos horas conozco practicamente a toda la familia de Vanna (que, repito, no son pocos). Al volver a casa respiro profundo, he superado la prueba, y de hecho me ha gustado. Pero el estrés del día es el que repercute en el picnic.
Lo que no os he contado es que, además, esa mañana, al despertarme, me encontré con una garrapata pulgosa bien aferrada a mi brazo derecho, que, con cirujía de aguja y pinzas, conseguimos extraer no sin lucha (a las hijas de puta cuando meten la cabeza no hay quien las saque). Esto, en cierto modo, sirvió curiosamente para relajarme y para tener algo que contar… El caso de la pulga es curioso. Creo que me pudo picar el día anterior, el sábado, cuando fuimos por la tarde noche de nuevo a Monticchio con otra amiga de Vanna (ya os he dicho que Monticchio es una zona agreste, y es posible que alguna me saltara).
El acontecimiento del sábado, sin embargo, no fue este, sino la procesión de Semana Santa de Rionero. Es diferente al esquema español, donde se vive todo en torno a la santa o al Cristo del lugar, sino que aquí se hace además la representación de la Pasión tipo auto sacramental, con gente que se viste de legionario romano, con Pilatos que se lava las manos, con Cristo en la columna, llevando la cruz (con las tres caídas y todo) y, finalmente, crucificado, todo por las calles del pueblo en plan via crucis viviente. Otra de las figuras importantes es la Zingara (Gitana) que representa la codicia y que leva puesto practicamente todo el oro del pueblo (que luego se devuelve), razón por la cual es escoltada por los Carabinieri. Vanna vive el acontecimiento como algo cotidiano y del que está harta, como algo risible, pero a mí me parece conmovedor. De hecho, los actores también recitan, y resultó conmovedor el llanto de la Virgen sobre el Criso muerto, aunque al final me vinieron ganas de gritar: NO PASA NADA, RESUCITA EN TRES DÍAS (Vanna dice que me apedrean si digo eso).

Escribiendo esto me doy cuenta de que he vivido mi primera Semana Santa como tal, mientras que hasta el momento siempre la he visto como una excusa para escapar. Sin embargo, esta vez ha habido procesion, comida en familia, y, còmo no, el tradicional Huevo de Pascua, que nos esperaba esa noche tras la cena.
En fin, todos estos días han sido de conocer gente, de presentación en sociedad. No he conocido a fondo la Basilicata (habrá ocasación). De hecho, las únicas “visitas turísticas” que hicimos fueron el viernes, acompañados por Rosa, la madre de Vanna. Empezamos por Melfi,
una de las ciudades más importantes al norte de la región, y que reivinduica su independencia como provincia. Está, como muchas de las ciudades y pueblos de la zona (como también Rionero), en lo alto de una montaña, con lo cual todas las calles son empinadas. En lo alto del todo, despunta el castillo medieval de Federico II, y que hoy es Museo Arqueológico, albergando todo tipo de piezas y utensilios de época prehistórica, griega (no olvidemos que el sur de Italia era la Magna Grecia) y romana. También visitamos la catedral, que no nos impresiona demasiado. Sin embargo, la cosa fue totalmente diferente al visitar Venosa, conocida por ser la ciudad natal del poeta latino Horacio. Uno de los lugares más bonitos que he visto (aunque de manera fugaz), en cuyo centro también hay un castillo medieval habilitado como Museo Arqueológico. El plato fuerte, sin embargo, es un campo arquológico que hay a las afueras donde se
ven los restos de una domus y unas termas romanas, mientras que de fondo hay una iglesia de estilo bastardo, con intervenciones de varias épocas (que abarcan los siglos XI y XII), que reaprovecha los materiales del entorno pero que nunca se llegó a acabar. Practicamente, le faltan solo la cubiertas. Todo está rodeado por cesped y flores, sobre el que no demajos de tumbarnos a hacernos fotografías (añadiéndo una nueva hipótesis para el caso de la garrapata).
En fin, que el viaje empezó como acabó. Con retraso de Treintalia, en un tren literalente infestado de personas, donde la gente de nuestro compartimento no paraba de cotorrear para mi desgracia (yo que quería un viaje tranquilo, no me apetecía hablar, quería leer, aprovechar los últimos momentos “a solas” con Vanna) y con una angustia frente a una situación que Vanna me había definido como catastrófica: es un pueblo pequeño, te mirarán por la calle, en mi familia son todos muy católicos, hablarán en dialecto, no tendremos ni un momento para estar solos… La llegada, sin embargo, fue genial. Esperaban los padres de Vanna, que en seguida me hicieron sentirme a gusto, y de hecho, apostaría a que el padre de Vanna, a parte del problema de la tortícolis, estaba más nervioso que yo. Y será la madre la que ejercerá de anfitriona insuperable. Empezaban así, el cinco de abril, cinco días donde todo tipo de emociones se cruzarían, tanto dentro de mí como dentro de Vanna. Lo que describo como estrés social se debe no solo a no parar de concocer gente, sino a que realmente quería conocer a toda aquella gente, aunque ha supuesto un cansancio mental que no hizo más que avanzar esos días.

En fin, ya en Venecia, con un par de semanas de por medio, comienzo a digerir todas las experiencias, y me doy cuenta de que ha sido un buen entrante.

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