La vuelta a casa
Paseando por Padua con Ivan tras ver la última sede de la exposición de Mantenga, y tras el ho
nor de haber visitado nosotros dos solos (con la única compañía del vigilante) la Capilla de los Scrovegni pintada por Giotto, recibo un mensaje de Francesca. El día anterior había ido con ella a clase de Gentili, que había hablado sucintamente del congreso internacional que se celebraría en Madrid sobre Tintoretto con excusa de la exposición antológica del Prado. La cosa pareció haber caído en saco roto… al menos para mí, pero no para Francesca. El mensaje me decía que había ofertas con MyAir, me animaba a pensármelo… Y yo tengo ganas de
volver a casa unos días, tras las estresantes Navidades que conjugaron Madrid con Berlín, Nüremberg, Bérgamo, Padua y Venecia en el desfase geográfico más fuerte que he vivido. Al instante, acepto. Pero no puedo pensar en volver a Madrid sin pensar en Vanna. Por entonces no llevamos juntos casi ni dos meses, pero no quiero separarme de ella. La digo de venir, y ella aún necesita menos tiempo para pensa
rlo: sí.
Este viaje, que está destinado a darnos indirectamente más de un dolor de cabeza (por el asunto de la mudanza, del que se hablará en el capítulo correspondiente), se presenta sin embargo como agua de mayo. No hay grandes responsabilidades aparte de pasárselo un poco bien, hacer turismo, girar la capital… Además, a mí, ya oficial
mente, la semana antes de la llegada, me prorrogan la beca, a lo que yo acepto alegremente pero diciendo que ya tenía comprado el billete de vuelta a Madrid, y que me gustaría volver para gestionar lo que queda de beca. Me dan una semana de vacaciones sin decirme nada.
Llegamos el 24 de febrero. No solo mis padres, también Qky (de nuevo) espera en el aeropuerto. Pero la primera noche no es digna de los vie
jos tiempos. Es una tarde de descanso, de retomar fuerzas, de cenar en torno a la mesa, de tortilla de patata, de hablar, de presentar un poco a Vanna, que en seguida (y como era de esperar) se convierte en la sensación de la casa, no porque lo buscara (en estas ocasiones la timidez es normal) sino por la expectación. Otro invitado de honor en la mesa, a parte de Qky, será Gonzalo, que no deja de venir a verme la
primera tarde que estoy en Madrid, como noble co-fundador de grupo…
En fin, en los días siguientes se suceden turismo, bocadillos de calamares, fiestas en casa de Jessica prolongadas en el sempiterno Penta (Dios, es la atracción urbana que más hecho de menos en Venecia), paseos por el centro histórico, por el Madrid de los Austrias, por el parque del Retiro… Empezamos Vanna, Francesca y yo… ¡¡¡¡¡¡¡Y luego se incorpora EUNATE!!!!!!!! Y si G
onzalo es el co-fundador de grupo barriero, Eunate es Venecia, aunque desgraciadamente ya no está y no se sabe si lo estará en un futuro, por ahora me temo que lejano (¡amor, no me dejes aquí solo por siempre!). Palacio Real, Almudena, Viaducto, Calle Mayor, Templo de Debod, Plaza Mayor (ahora con Jaime y Lili), más paseos… Y por la noche, todos a casa de Jessica. Reencuentro con todos, no me hace falta más. Las sorpresas no acaba
n: MANU está presente. Parece una convención de amigos desperdigados (solo falta Abel), donde estaba también Inés, a la que sé que debo más de una disculpa…
El día siguiente parece una jornada de reflexión. Todos estamos cansados, con resaca, y a la espera del congreso de Tintoretto que empieza al día siguiente. Francesca se va a visitar a sus antiguos co
mpañeros de piso y nos deja la tarde a Vanna y a mí, que decidimos dar un paseo por el Retiro. Lo que más llama la atención es el Palacio de Cristal, no solo porque es precioso, sino porque dentro hay una instalación de Merz, el Igloo, otro de los representantes del Arte povera del que en Milán se habló.

Comienza la digresión otra vez. Tras clarificantes conversaciones con Vanna, podemos establecer que el Arte Povera y el Pop Art nada tienen que ver. De hecho, la única “semejanza” es que el primero nace en oposición radical al segundo. Y es un movimiento esencialmente italiano. Y de hecho, Arte Povera es un término italiano que en realidad nunca ha tenido una traducción oficial ante los estudiantes de Arte Contemporáneo (aunque literalmente signifique A
rte Pobre, nadie nunca lo llamará así), en parte porque es un movimiento esencialmente italiano, donde materiales, inspiraciones, en parte artistas (Kounellis es griego pero siempre a estudiado en Italia)… nacen en la península y en el entorno (e incluso en la tradición) italianos. Retomamos a Pino Pascali (quien sin embargo, poco
más adelante, abandonará el movimiento por no querer ser parte de ningún grupo), que emplea materiales artesanales de origen italiano o natural, tales como el agua (aqui su obra Mare), la tierra o el lienzo (el lienzo es el material fundamental sobre el que se ejecuta casi toda la pintura europea desde el Renacimiento, y los que mejor dieron uso de él fueron los italianos, e incluso tendría el coraje de decir que los venecianos… siempre vuelvo a casa…). Es una respuesta ante la reproducción en cadena, ante la guerra, ante las desigualdades sociales, que reivindica el trabajo físico… mientras que Warhol (tomado siempre como mayor representante del Pop Art) nunca quiso mancharse las manos. Y l
o que dije anteriormente del tanque de Pascali es un error garrafal: no es un arma que nos apunta y nos dispara, sino todo lo contrario. Es un juguete enorme, un arma que no dispara, un tanque inofensivo que sería el sueño de cualquier niño.
Todo esto, en fin, para demostrar mi ignorancia. De la misma manera que ha
blo, me corrijo. Soy así. Siempre buscando, en el fondo, equivocarme. Pero dejémonos de tonterías, y vayamos a Igloo de Merz. Un igloo construido con materiales que aluden a elementos naturales, como el cristal que llama al hielo, aunque el contexto en que se insertan debe responder a una realidad del entorno, pretendiendo una escenografía pseudo naturalística. La luz resbala por el cristal, que a su vez refleja el agua, todo sobre una alfombra de tierra y piedra. Los elementos de fingida naturaleza juegan así en la ambigüedad de meter un igloo de metal y cristal dentro de un palacio de metal y cristal. Y no lejos queda el agua, presente en el estanque frente al palacio. El artista, así, crea un caparazón donde hábitat es igual a salvación y protección.

Tras estas lecciones, empieza lo b
ueno: el congreso de Tintoretto, dos días de conferencias, de ideas raras, de mucho inglés con traducción simultánea… De hecho, Vanna se exaspera, lo que contrasta con el ensimismamiento de Francesca y mío. Paso por encima el capítulo Tintoretto (podéis estar seguros de que no caerá en saco roto) para remitirme a los acontecimientos, “ajenos” a las conferencias pero no por ello menos gratificantes: la última tarde estamos invitados a un cóctel en el Museo del Prado, en la sala circular en cuyo centro está el Carlos V y el furor de Leone Leoni. Nos sentimos dioses comiendo delicatessen al lado de la galería central del Museo del Prado, rodeados de la flor y nata de los investigadores del Cinquecen
to italiano. Pero nosotros, enemigos del decoro, invadimos una mesa que, casualmente, está al lado de la improvisada cocina (¡¡los roperos!!), e interceptamos cualquier plato que salga por aquella puerta. En resumen, nos ponemos hasta las cejas de pinchos exóticos y canapés imposibles. Hemos colado a Jaime y no dudamos en hacernos fotos en un escenario que en nada envidia a la mejor de las bodas. Nos casa
mos todos con todos, nos casamos con Tintoretto, y luego, de luna de miel, volvemos a las Cuevas del Sésamo. La sangría la encuentro especialmente mala (raro) y, al llegar las doce de la noche, el pianista entona el cumpleaños feliz en honor a Vanna, que cumple sus 24 el 28 de febrero.
El día siguiente, que en teoría nos tenía que dejar libres, se ve condicionado, de primera mañana, por una visita que tenía que hacer al médico y por la partida de Francesca, que vuelve a Italia. A la vuelta del aeropuerto, mi padre nos deja a Vanna y a mí en el Palacio Real (es miércoles y es gratis). Y justo cuando estábamos atravesando la plaza de Oriente, todo cambia. Una llamada telefónica anuncia a Vanna la muerte de una amiga suya. Perdemos orientación, razón y ganamos en desesperación. Ante su inminente sensación de estar en un lugar equivocado (sé que la muerte vivida fuera de casa supone un existencialismo extremo, donde todo parece fuera de lugar, donde nada tiene sentido, donde uno se siente especialmente solo y desorientado, donde no hay una mano que sostenga) se mezcla mi frustración de no poder estar cerca de ella, de hacerle pasar el trago. No es una razón de estar bien o mal, sino de devolverle algo que es suyo. No sé cómo expresarlo. En ese momento habría dado lo que fuera por estar lejos de Madrid, de estar lejos de cualquier parte del mundo. Solo quería estar donde ella debía estar, en casa, con sus amigos y familiares (que por otra parte no habían querido darle la noticia en realidad sucedida dos días antes porque no estaba en Italia, en casa). Y solo se me ocurría un sucedáneo: escuchar en silencio y en la más sincera de las compañías. Y siento que mi ayuda es en parte superficial, cuando en realidad querría a un amigo de casa, un amigo común con la víctima. Madrid, en cierto modo, acaba aquel día.

Todos los compromisos quedan cancelados. No hay más salidas con gente, interrumpimos cualquier cosa que tenga que ver con la vida social. Solo una visita al Reina Sofía (no permito a Vanna irse sin verlo) y otra al Museo del Prado (con la compañía de mi madre, su amiga Curry, y Rocío, a quien había prometido hacer de guía en la exposición d
e Tintoretto) y un par de cenas en mi casa, una para celebrar el cumpleaños nefasto y otra donde están mi abuela, mi hermano y mi cuñada. Me consta que, a pesar de todo, a pesar de la incomodidad de estar casi diez días en casa de la persona a la que quieres, pretendiendo hacer buena impresión a pesar de no hablar su lengua, y a pesar de la trágica experiencia,
Vanna ha estado bien en mi casa. Mi padre la llama ya “su socia”, Daniel y Rocío le compraron un regalo cuando aún ni la habían visto, y en fin, mi madre, crucial, se portó con toda precaución y una sensibilidad increíble durante nuestra noche más difícil. Homenajeada queda con una foto donde parece una santa iluminada por la luz divina más brillante…

Antes de tomar el avión, sin embargo, desayuno de reyes en casa de Pablo. La experiencia en Madrid queda cerrada así, con un avión que sale con retraso y cuya puerta de embarque cambian cada cinco minutos, provocando las cóleras de los exasperados y las letanías nuestras, que solo queremos volver a “nuestra” ciudad.

maribel dijo
Yo ambién reconocíl a Iglesia de Santa Maria Formosa.
Jaime: La primera vez que me encontré ante La Scala (y eso fué mucho antes de descubrir la opera) me quedé atónita porque me recordó.... AL INSTITUTO LOPE DE VEGA.
22 Abril 2007 | 06:25 PM