Alguien dijo CARNAVAL!!!!
Pero desde luego no fui yo. Yo, veneciano de adopción, lejos de ser un ciudadano más, una persona que en teoría tiene el derecho de sentir la ciudad como suya, sin embargo, me irrito ante el centenar de personas que no me dejan pasar.
Venecia es un lugar donde corro, donde primo yo, donde soy egoísta, donde mi inútil reto es atravesar la ciudad en el menor tiempo posible. Y me siento feliz haciendo eses imposibles entre la gente, haciendo de kamikaze, buscando el hueco imposible entre la anciana que va delante y su perro rata.
Me sucede lo mismo allí donde voy. MP3 y carrera de obstáculos. Una reacción adolescente, un sentimiento de rebeldía estúpida,
pero gratificante. Llegar a casa no es el objetivo, sino la excusa para hacerlo. En la puerta, siento una cierta decepción, el paseo se acabó. No es raro, por ello, que emplee opciones más extrañas, con tal de no dar por acaba la extenuante rebelión…
Y esto me lo arrebató el Carnaval. Con paso digno de procesión de Semana Santa, el calvario se presenta en forma de mochilero con cámara en mano, de máscara cutre de adolescente imberbe y de gorro de bufón al estilo Plaza Mayor en Navidad sobre la cabeza de alguna turista americana demasiado borracha, o de la ciudad o de vin brulè
. Un Carnaval del que una vez pensé que era demasiado aristocrático, demasiado hipócrita, demasiado sin sentido. Y tal vez el Carnaval menos popular del mundo sea el de Venecia. Siempre queda la sensación de Carnaval de escaparate, donde los que más disfrutan paseando por las calles son los forraos que se pueden permitir unos disfraces de ensueño. No haré digresiones al respecto, simplemente diré que, para uno que vive en campo Sant’Aponal (justo entre la estación de tren y el puente de Rialto) es altamente estresante la idea de salir a la calle. Y es que nunca me podría acostumbrar al hecho de hacer cola para llegar a casa. Los callejones aquí son una trampa los fines de semana, así que no hablemos de las fiestas populares.
Pero hoy estoy perezoso (mejor para vosotros). No me apetece ni
contar el origen del Carnaval, ni hablar de los tipos de disfraces y máscaras (últimamente ha caído en mis manos un libro de historia de la moda veneciana que me tienta, que conste), ni hacer de mártir de una sociedad de consumo turístico de la que ciertamente y con razón formo parte. Hoy me apetecen hechos. Contar lo que he hecho (o lo que recuerdo haber hecho, pasa ya más de un mes).
Para empezar, ha sido un Carnaval insulso. No he formado parte de él. Me he mantenido ajeno por voluntad propia. Me ha pasado un poco como en anteriores ocasiones. Ya no me divierto en Venecia, al menos no al estilo de antes. Para mí salir es pensar “puede ser mejor, o al
menos lo fue”. Me aburro de sentado en el Rosso tomando un spritz, o de pie en Rialto con un vino tinto en mano. Me acuerdo mucho de hace tres años. Lo poco que he hecho este Carnaval me ha recordado a mi pasado. Un noche, en Rialto, había montado un escenario con go-gos al estilo Goldoni (patròn de esta ediciòn del carnaval) y Casanova (con cierta reminiscencia travesti) y con música que iba desde los Chemical Brothers hasta Grease. Pero, sinceramente, no tenía con quien vivirla. Desesperado, llamé a Jaime con la excusa de darle envidia. Pero el momento no me pertenecía.
Algo similar pasó al día siguiente, cuando
fui a ver el Salto de la Paloma, la ceremonia inicial del Carnaval. Consiste en una espectacular (a la par que breve: 3 minutos al máximo) tradición donde una mujer, vestida con todo tipo de vuelos blancos, desciende desde lo alto del campanile de San Marcos hasta un escenario donde “la espera el dux”. Vamos, para desmitificar, una tía que se tira en tirolina viendo lo que tiene que ser casi el mejor escenario del mundo. Para amenizar la espera (o hacer el evento ligeramente más largo), cuatro “ángeles” volaban desde la base del campanile hasta lo alto, aunque con una coreografía impresionante, pues, al sonido de tempestades, hacían que caían, o que luchaban contra el viento. La Paloma, que “descendía” mientras los ángeles se quedaban a mitad de camino (ya nadie les mira), siempre es una celebridad italiana. Las cosas son así, y el año pasado le tocó a una de Gran Hermano. Este año era una nadadora de cuyo nombre no puedo acordarme.
Pues viendo esto estaba yo solo.
Me tiré solo media hora bajo el sol que a veces se escondía, rodeado de franceses que codeaban como locos, una pareja de italianos pesados y un par de chicas muy bien disfrazadas, que la cagaron al abrir la boca y hablar en inglés. No me rendí y seguí esperando solo (Vanna se había levantado tarde, Francesca estaba llegando de Verona). Y conseguí verlo. Y no me arrepiento. Hace tres años me tuve que
conformar con ver a la paloma a través de un arco del Palacio Ducal durante dos segundos, y esta vez estaba a pie de campanile. Disfruto como un niño, hasta que la Paloma toca el suelo y la gente empieza a aplaudir. El “presentador” del Carnaval comienza a decir gilipolleces, y yo dejo la plaza de San Marcos… El problema es que no fui el único que tuvo la idea. Si normalmente en atravesar la plaza
se tarda un minuto, esta vez para salir hicieron falta unos veinte ¡Y encima tenía que ir a Rialto! Cargado de paciencia y de una brújula mental infalible que es uno de los dones de Venecia a aquel que se atreve a descubrirla sin mapa, me empiezo a mover por callejas secundarias que en diez minutos me llevan a Rialto, donde esperan Vanna y Fr
ancesca, que organizamos ya el complot que nos llevará a Madrid.
Poco después vuelvo a casa, porque uno de mis compañeros de piso nos deja por irse a Pekín (ay, Mariona, esta gente que estudia lenguas raras…). Y curiosamente, no es hasta el último día que nos hacemos una foto juntos. Tras unos abrazos y promesas de viajes y reencuentros en el futuro, nos deja. En su habitación deja a una chica que no aparece hasta una semana después. Un caos de chica, pero enc
antadora. Todos de nuevo contentos.
Días después, teníamos cena con dos amigas mías. Una veneciana, la otra londinense. Ilaria y Laura. Creo que Laura es, de los nuevos fichajes hechos en Venecia, mi favorito, la única que me ha hecho ser
yo mismo (Vanna es algo más que un fichaje, e Ivan y Francesca, no seáis celosos, que sois más que veteranos). Así que me remangué las manos, preparé la ensalada a la especialidad de mi casa (lechuga, nueces, atún, maíz, manzana verde y salsa verde), que Laura e Ilaria no han tardado en adoptar y en bautizar como “l’Insalata dell’Amore”, y macarrones (no
tenía spaghetti) a la carbonara “made in Ivan”. Todo un éxito. Tras el postre, cortesía de Laura, el repostre: botellita de Brugal de cosecha Qky en su viaje a Venecia. Y, para rematar, un porro que definitivamente me deja fuera de combate (ya sabéis como me sienta… ¡Madre, que no soy un drogadicto!).

Y si asistí a la inauguración del Carnaval, no podía faltar a la clausura. De nuevo en San Marcos, donde se sucedían juegos de luz de todo tipo, esta vez de noche. Tras un concierto de trompetistas y jazzistas en un escenario hortera en mitad de la plaza, y acomp
añado de Vanna y sus amigos, nos desplazamos hacia la Fondamenta degli Schiavoni, que da sobre el Bacino de San Marco. Todos miramos hacia la Giudecca y empieza a sonar “Imagine” (la canción favorita de Jaime… ejem), mientras fuegos artificiales intermitentes intentan seguir el ritmo de la música en lo que Sara bautizó como “fuegos piromusicales”. Su
enan todo tipo de canciones (recuerdo a Manu: “Crazy little thing called love”) y, para rematar, el “Roxanne” de Sting versión Moulin Rouge. Así, el Carnaval acaba emotivamente, igual que empezó. Al principio solo, al final acompañado. Entre medias, escenas de vida cotidiana. No tengo fotos de disfraces, de acontecimientos… No tengo recuerdos del Carnaval a parte de estos. Tengo la cabeza absorbida entre Madrid y el cambio de casa.

jaime dijo
oye chato es que no piensas poner ninguna foto del viaje a Madrid!?
28 Marzo 2007 | 02:09 AM