Argumento Milano (en realidad un poco de todo)
Jamás, con ninguna otra ciudad, incluida Madrid, he sentido la necesidad de compara
r. Con Venecia es diferente. Venecia te acostumbra a una serie de cosas que luego puedes echar en falta… y muchas veces esas cosas son las mismas que te asfixian cuando estás en ella. Y es que no solo la belleza, sino la incomodidad de Venecia adiciona un poco. Es una ciudad que te obliga a esforzarte por conocerla, que te cansa, que te puede estresar, donde los caminos, muchas veces, son los mismos. No hay salida, pero es pequeña. Y así te lo agradece.
La ciudad es cómodamente inaccesible, vitalmente cansada. Los ritmos son diferentes. Venecia te une a la gente. La gente está en la calle (o al menos nosotros los estudiantes).
Sales de casa cargado con las cosas no que necesitas, sino que puedes necesitar, porque no sabes cuando volverás. No porque no puedas llegar a casa porque estás lejos (aquí el concepto “lejos” tal vez se emplee para un paseo de veinte minutos), sino porque la vida aquí es así. Las distancias no se miden en paradas de metro, sino en puentes. En resumen, Venecia impone un estilo, es un modelo de vida urbana (no digo malo o bueno, pero indudablemente es un modelo por su particularidad). Y me hace pensar en una cosa que leí una vez que decía que Venecia fue, durante mucho tiempo, modelo de urbanismo (entendido no como urbanidad, sino como organización de la ciudad).
Y es que Venecia es una ciudad de personas, hecha y vivida por ellas. Cierto es que está sobre el agua, pero no hay naturaleza, y si la hay es fingida y escondida. Es una ciudad de piedra de Istria, mármol y paredes enlucidas de colores. Una ciudad con un sentido práctico evidente. Venecia, que ocupa una pequeñísima parcela de ¿tierra? ¿fango? ¿islotes?, se ha librado de crecer por su posición marítima, se ha librado de los coches, y formalmente continua siendo la misma. Y es así en las escenas de Gabriel Bella (premio para el que me diga cual es el campo veneciano del cuadro), en las vistas de Canaletto y en los teleros de Gentile Bellini.
Y ese sentido práctico se traduce en su angustioso sistema de callejuelas. No hay un espacio desaprovechado: las casas, los palacios se te echan encima. Las calles son estrechas. Todo está ocupado. Las escaleras son ultraempinadas y giran sobre sí misas buscando ocupar el mínimo espacio (no siempre es así, evidentemente los grandes nobles cuidaban mucho sus escaleras, pobres nosotros simples mortales…).
Incluso estas escaleras se han convertido, en el caso del Palacio Contarini “del Bovolo” (literalmente, “de la caracola”), en motivos arquitectónicos práctico - decorativos ¡Y que alguien me diga si encontraría placer en tener que subirla y bajarla todos los días!
En fin, cosa extraña comenzar hablando así de Venecia cuando en realidad os pretendía contar mi aventura milanesa. Pero es que, en comparación con Venecia, Milán empalidece. Es una ciudad gris, sin reflejos. Gris con la niebla, pero también a la luz del sol. Una ciudad enorme y vasta. La grandeza de sus calles, las distancias me han hecho recordar Berlín en alguna ocasión, pero Berlín, como ciudad para vivir, es un paraíso. Sin embargo, Milán no. Milán es un pequeño gran infierno (perdón por ser tan tópico). Y en realidad no me gusta hablar de ella en estos términos porque es una ciudad que no conozco, pero es así. Hay ciudades que te caen bien, y otras que no…
Cierto es que tampoco he ido buscando las particularidades de Milán, no hemos hecho demasiado turismo, y el poco que hemos hecho ha sido de interiores. He tenido la consabida sensación de que, fuera de la Plaza de la Catedral, pocas cosas pueden alegrar los ojos (si exceptuamos la calle que va desde el Palazzo Sforzesco a la catedral). La primera vez que estuve en Milán me gustó porque estuve tres horas y no nos movimos de la plaza…
Sin embargo, esta vez la fachada de la catedral tenía andamios. No dejamos de verla por dentro, perdiéndonos en la sucesión de bóvedas (el efecto, a mi parecer, más sorprendente dentro de cualquier iglesia gótica), aunque no puedo dejar de tener la sensación de qué poco tiene que ver el templo con el resto de la ciudad. Parece un monumental corta y pega. Al lado se abre la galería de Vittorio Emmanuele, que es imposible que deje neutro. Son dos calles cubiertas por bóvedas de hierro y cristal que se cruzan bajo una enorme cúpula de los mismos materiales. Muy señorial, sí señor. En los chaflanes que dan al espacio central, sin embargo, salimos del ensueño. En cada esquina hay una súper tienda, tres de moda… y claro, la cuarta es un MacDolands…
Estoy hablando en plural, claro. No os he contado que he venido con Vanna. De hecho, Vanna ha vivido una temporada aquí. Su hermana ha estudiado y ahora trabaja en Milán, con lo cual visitar la ciudad era fácil. Es nuestro primer viaje, y se nota nuestro conflicto de intereses. Ella, apasionada de las artes de nuestro siglo, choca con mi “academicismo” y mi opinión de “no es arte lo que no haya cumplido por lo menos trescientos años”. De estas divergencias os hablaré luego.
Seguimos por la galería de Víctor Manuel (hagámosle español) y desembocamos en la famosa Scala de Milán, donde nos sentamos a comer unos Pancierotti (creo que se llaman así, una especie de masa rellena de lo que ofrezcan) mientras jugamos a adivinar, desde lejos y por la espalda, de quién es la escultura que preside la plaza de la Scala. Bueno, yo la miro dos segundos y proclamo soberbio, como se hace en los momentos en los que no es que se crea tener la razón, sino que no puede ser de otra manera: “¡Verdi!”, y el juego se acaba. Pobre ignorante, se trataba de Lenardo da Vinci que no sé por qué está delante de la Scala… Evidentemente, después de comer me hago la foto de rigor (dedicada a mi madre) delante del teatro.
Este fue nuestro paseo por el centro monumental. Y no, no pudimos ver la Última Cena de da Vinci (había que reservar, viva Dan Brown). Pero sí estuvimos en la pinacoteca de Brera. Aquí me ha pasado una cosa muy curiosa. Me he dado cuenta de que no tengo ni puta idea de arte, de que los nombres de los artistas a veces me suenan conocidos pero me paro a reflexionar y no tengo ni idea de quienes son… Bueno, me salva Mantegna y la pintura veneciana del Renacimiento: Bellini, Cima da Conegliano, Tiziano, Veronés y, sobre todo, Tintoretto y su llamado Descubrimiento del cuerpo de san Marcos, pintado para la Scuola Grande de San Marcos, en cuya sede se encuentra el actual hospital veneciano.
Lo ejecuta junto con otros dos cuadros como un ciclo de historias del santo. La representación arquitectónica, la perspectiva que tiende hacia la izquierda, la figura monumental del santo, lo forzado de las posturas de los personajes, los escorzos de los cuerpos desnudos (tanto el que está al lado del santo como el cuerpo que tres mozos se apresuran a sacar de su sarcófago) subrayan la violencia, el dramatismo de la escena (es imposible hablar de
Tintoretto sin escribir dramatismo, luz, dinamismo, escenario, color y sombra, pues todos estos elementos van juntos). La interpretación tradicional del cuadro, pensada como el hallazgo del cuerpo del santo en Alejandría por la presencia de los hombres que extraen cuerpos de los sarcófagos de una iglesia, es, sin embargo, incorrecta. En realidad, repres
enta milagros del santo aún vivo. La idea de que san Marcos se apareció para constatar que el cuerpo que tiene a sus pies es realmente el suyo no se sostiene por una incongruencia iconográfica. Cuando se representa a un santo efectuando milagros una vez muerto, éste nunca aparece con los pies en la tierra, sino en el aire, volando, para constatar la idea de que es una aparición divina, un milagro venido del cielo. Baste como ejemplo el cuadro que hizo famoso a Tintoretto, el Milagro del esclavo pintado para la misma Scuola, donde san Marcos, ya muerto, no solo aparece en el aire, sino que lo hace con un escorzo que aún sorprende.
Así, el Descubrimiento del cuerpo de san Marcos sería, en realidad, la representación de milagros “terrenos”, con el santo “físico”, vivo y presente, con los pies en el suelo: el exorcismo de un endemoniado (a la derecha, con un personaje que sostiene al endemoniado, de cuyo cuerpo sale el espíritu maligno que, en blando albayalde, flota en torno a las bóvedas, mientras una mujer horrorizada mira esta aparición), la curación de un ciego (aludida a través del joven que, tras el santo y en la sombra, señala su rostro) y la resurrección de un muerto (que el santo tiene frente a sí). En mitad del maremagnum, un hombre arrodillado que es el comitente de los cuadros, Tomaso Rangone. Esta explicación, sin embargo, deja alguna laguna ¿Qué hacen los hombres que, a la derecha en alto, y al fondo, no paran de abrir sarcófagos en busca de cuerpos? Citamos al gran Augusto Gentili que apunta que se trataría de una reacción de los presentes ante la resurrección del muerto que, visto el milagro, se apresuraron a repetirlo con otros difuntos, lo que explicaría una repulsión en el santo de ver su milagro entendido como una artimaña repetible y el gesto autoritario de la mano de Marcos que parece decir “¡basta!” (y que, por otra parte, parece ahuyentar el espíritu demoníaco que acaba de extraer del poseído).
En fin, tras ver este telero, de formato prácticamente cuadrado y con un tamaño de unos cuatro metros por cuatro (vamos, de todo menos pequeñito), la visita del museo se ve influenciada. Algún Tiziano llama mi atención, un Cristo de Bramante (primer cuadro que veo de un personaje que mi ignorancia asociaba solo al campo de la arquitectura)… hasta llegar al Neocasicismo, Romanticismo, Hayez… Que llaman mi atención aunque no demasiado… Una palabra (y esta va para Luis el de la facultad)… ¡AFECTACIÓN!
Esto por lo que respecta a “mi” arte. Vanna, sin embargo, adora el arte de los años ’50 – ’60 del siglo recientemente pasado, en especial el Arte Povera,
el Arte Pobre, llamado así por el escaso valor de los materiales con los que se crea. Y en Milán exponía el griego Jannis Kounellis, representante de esta corriente (para más detalles, preguntad a Rocío…). La exposición estaba montada en un centro de exposiciones enorme, que parecía un grandísimo almacén habilitado con escaleras y pasarelas, pero de tal manera que el espacio parecía prácticamente diáfano. Y la exposición, montada por el propio
Kounellis, era magnífica. Últimamente pienso que mi creciente interés por la arquitectura deriva de la curiosidad de ver cómo se representa y se interpreta el espacio. Y en el fondo, para el montaje de una exposición, el espacio es fundamental. Kounellis demuestra que no solo es un artista, sino que sabe cómo debe ser vista su obra. A nivel de suelo, un laberinto que solo se entiende si se mira desde una de las pasarelas superiores. Luego, también a nivel de suelo, una especie de zulo rematado con filas de libros que no dejan ver lo que hay dentro… aunque, de nuevo, sobre la pasarela, se ve el interior: un espacio vacío en cuyo centro hay una mancha de pintura negra que, si nos fijamos un poco, es el perfil del continente africano. Una mancha parecida se haya en el centro de la exposición, circundada por un círculo de sillas vacías, en alusión clara a la distancia a nivel político que hemos provocado todos, el hablar sobre África como dioses sin mirarla si quiera más que de lejos… bla bla bla…
¿Todo esto es correcto? ¿Me siento capacitado para escribir esto como si fuera cierto?
¿O me dejo llevar? Mi límite ante el arte contemporáneo es este: no lo conozco, y veo lo que quiero ver. Me hace pensar, pero tal vez no respeto la voluntad del artista, que por otra parte no debería contar… ¿o sí? ¿El artista como creador, como ideólogo o como inspirador? ¿Cómo un todo de todo? Me gusta hacer conjeturas, y, como a todos, me gusta tanto hablar de cosas que no conozco… Tal vez sea más fácil y más inspirado hacerlo. El desconocimiento, curiosamente, a veces te da alas, tal vez por su falta de respeto, mientras que el conocimiento te mide, te impone barreras, te impide, a veces, libertad de pensamiento, porque todo lo que dices lo tienes que constatar con lo que piensas o con lo que sabes o has oído decir…
En fin, para mi hablar de arte contemporáneo es decir gilipolleces, pero odio hacerlo como un esteta, como un conocedor (para hacer burla, como un connoisseur): prefiero hacerlo desde mi “ojo profano”. El arte contemporáneo a veces está lleno de palabras grandes pero vacías. No sé si alguien hace una obra por inspiración, o por rechazo, o por originalidad, o por romper… ¿Perseguimos lo que no está
dicho, o lo que no está hecho? ¿Originalidad o lenguaje propio? La trampa del arte contemporáneo: ¿quién merece ser artista? ¿Lo puedo ser yo? ¿Lo puede ser mi vecino? ¿El arte es una idea o una ejecución?
Así, hablando con Vanna, me dice que Pino Pascali (su artista favorito, amigo de Kounellis y vinculado al Arte Povera) odia el Pop Art, el idealismo del consumismo, la imagen icónica como símbolo de una sociedad, el objeto de consumo hecho arte, que a la vez se transforma en objeto de
consumo. Yo pienso automáticamente en Lichtenstein. En la escultura que hay en el patio interior de la ampliación del Reina Sofía, esa que parece una pincelada esculpida en plástico, con cierto parecido a un caballo blanco. No recuerdo la respuesta de Vanna a este respecto, pero me hace pensar. El Arte Povera (perdona, Vanna, que diré cosas muy equivocadas) YO lo pienso como un art
e de reciclaje, que nos muestra nuestra propia basura hecha arte. Basura entendida como lo que se tira, lo que no tiene ya valor. Un juego ingenioso. YO (siempre en mayúsculas, porque no tengo ni idea y lo interpreto a mi manera) entonces veo cierta fraternidad entre Arte Povera y Pop Art. Uno toma lo “peor” de nuestra sociedad, el otro lo “mejor”. Uno rescata los objetos consumidos, el otro toma aquellos aún no consumidos, al menos no totalmente. Imagen contra imagen. Un tanque hecho con hierros sac
ados del cubo de basura frente al clásico bote de sopa de tomate. Uno, agresivo, te dispara, el otro, simpático, te llama estúpido. Y no sé si Warhol o Lichtenstein pretendían llamar la atención sobre ello. Tal vez pretendían, por el contrario, ensalzar la sociedad a la que pertenecemos. Me importa un carajo. YO lo veo así. Si el arte no tiene límites, que no me lo expliquen.
Si mi ausencia de curiosidad me hace querer tirar a la basura a Tapiès, perdón. Si el impacto visivo me ha hecho adorar a Saura, mi interés será siempre visivo.
Todo lo dicho: Venecia, Milán, gótico, clasicismo, Tintoretto, Kounellis, Pascali, Arte Povera, Pop Art, Warhol, Lichtenstein, Tapiès, Saura… Son todos términos, sustantivos, que forman mi discurso, pobre, estúpido, pero al menos, personal...
El arte, como la religiòn, es una cuestiòn de fe... O tal vez de sensibilidad? Frente al arte contemporàneo me declaro ignorante y ateo... Insensible no.

jaime dijo
El campo de Santa Maria Formosa. que sosa es la Scala por Dios.
viva la Soco!
28 Marzo 2007 | 02:10 AM