Retomamos con el pasado: Mantua
Mi cumpleaños, oficialmente, acabó el pasado 13 de enero de 2007. Faltaba el último regalo. Faltaba Ivan. Antes de partir, me hizo como regalo un libro de Palladio que ya tenía. Temeroso quizás de comprar algo que de nuevo tuviese (esos libros que son mi perdición y la ruina de los regalos ajenos), la segunda intentona fue infinitamente mejor que cualquier libro.
Querido Ivan, que siempre te quejas de que no digo cosas bonitas sobre
ti en mi blog. Debo reconocerte no solo mi supervivencia (¿que habría
sido de mí en el aeropuerto de Marco Polo a las 3’00 de la mañana
cargado de maletas y sin lugar al que ir?), sino una compañía que cada vez se demuestra más provechosa, más cómoda, más fraternal. De hecho, te otorgo en este momento el título de “familia” (no solo a ti, sino también “ai tuoi”… me siento como un emperador concediendo títulos nobiliarios…). A la ciudad de Padua le concedemos el honor de ser mi segunda casa en este momento. Gracias de nuevo por todo, Ivan. Gracias también por estar conmigo en el momento más duro que he sufrido fuera de casa. Gracias por no perderme de vista.
Me pides además la exaltación de tu Patavium natal... en otra ocasión. Hablemos ahora de tu regalo. La famosa exposición antológico-centenaria de Mantegna (me cito a mi mismo: mirar el viaje a Verona) transcurre en Verona, Padua y Mantua. Habíamos visitado ya la de Verona, y nos quedaban Padua y Mantua. La de Padua la veremos esta semana, aprovechando que la han prorrogado. La de Mantua, por ser más lejos, motivaba un poco más la gana. Además, la clase que di sobre Alberti en la universidad había despertado ya desde antes de ir a Madrid las ganas de ir a Mantua, lo que además se complementaba con la presencia de una exposición del arquitecto que acababa precisamente aquel fin de semana.
Y cómo no, estaba el Palacio del Te, donde precisamente estaba la
exposición de Mantegna. Así, Ivan decidió invitarme al viaje: trenes,
comida, entradas a las
exposiciones e incluso al café.
Así que como un
niño mimado, alegre como unas castañuelas, risueño como aquel que en un
momento se ve liberado del peso de la mínima responsabilidad (pues también se ha encargado de mirar horarios y demás), partimos.
Ya desde el tren, que flanquea el Palacio del Te (provocando insólitas
vibraciones en el edificio…), vemos que hay bastante gente que se
amontona en la puerta de la exposición. Cuando llegamos nosotros, a las
11, nos dicen que tenemos que entrar con el grupo de las 12’30, que mientras podemos aprovechar para visitar el palacio, que estaba incluido en la entrada a la exposición. Y vivan el Palacio del Te y Giulio Romano...

Como edificio es insólito, sorprendente. Pequeño pero lleno de particularidades, con un patio al que dan cuatro fachadas diferentes, que tienen todos los elementos en común pero combinados en diferentes maneras. Las columnas se erigen como elementos rítmicos y ordenadores, pero no son las únicas protagonistas de la plasticidad de los muros, pues aquí intervienen sobre todo el almohadillado y las claves rústicas de los arcos. Es un palacio que pesa, es incorrecto desde un punto de vista formal renacentista, sea por los arcos que se salen del marco habitual, de los frontones rotos en su base, y me acuerdo de la Soco, mi profesora de Manierismo. Me acuerdo de sus clases, aunque no del detalle que más me ha gustado. Me encuentro delante de uno de los edificios más originales y sorprendentes que he visto jamás.La declaración manierista, o anticlásica, o incorrecta, o como se quiera llamar a la crisis del Renacimiento, más sorprendente se muestra en dos de las fachadas, donde la sucesión de triglifos y metopas del friso se ve alterada en los intercolumnios, ya que las metopas se dislocan, levemente, para situarlas a otro nivel, por debajo, rompiendo así el propio friso, y dando más dinamismo y un no sé qué de que algo no encaja, algo que se escapa precisamente por lo sorprendente del efecto.
En cuanto a la decoración, el Palacio del Tè es famoso por la Sala de los Gigantes, un espacio axifiado por la representaciòn de la derrota de los gigantes después
de revelarse ante los dioses del Olimpo. La habitación, por entero, es un fresco que ilustra un mundo caótico, con edificios en ruinas que podrían haber sido partes del palacio, con gigantes caìdos que se apoyan en los dinteles de las puertas. Todo culminado con una cúpula con todos los dioses paganos que tienen prontas sus armas, culminando, evidentemente, con Júpiter y su haz de rayos. Lástima la vigilancia y mi inusitado sentido del civismo (que a veces me sorprende para mal), que me impidieron hacer fotos.
Tras el recorrido por todas las estancias, llenas de frescos casi todos mitológicos o conmemorativos (había una sala con todos los caballos de la familia Gonzaga, que encargó el palacio), nos dirigimos a la exposición de Mantegna. En qué hora... No nos enteramos de nada. Somos del grupo de las 12’30 pero llegan las 13 y nada. Finalmente, tras un barullo de tres pares, conseguimos acceder al recinto de la exposición. Especificio recinto, que no exposición, que en el acceso a la exposición tenemos que esperar por otro buen rato, asfixiados de calor y agobiados de gentío.
Conseguimos por fin pasar y encontramos que no hay ni una maldita explicación o referencia a los cuadros ni a las secciones. Prácticamente, entro y ya tengo ganas de salir. Mejor, de escapar. En fin, tras hacer cola para ver cada uno de los cuadros, que son en su mayoría pequeños cuadros de devoción privada y retratos, y tras hacer otra vez cola (si, incluso dentro de la exposición tienen montado un retén para tustistas) llegamos, por fin, a las obras de Mantegna. Lástima llegar así, derrotado, cansado, harto, sin ganas. Pero bueno, Mantegna no desilusiona. Entre las obras, se encuentra el famoso Cristo Muerto que es un fuerte escorzo concentrado en la figura de Cristo, un verdadero alarde experimental de perspectiva que ha sido ciertamente criticado por parecer un Cristo enano. En fin, señores, Quattrocento: las ideas nacen, se empiezan a llevar a cabo. Queda poco para que se desarrollen con una técnica correcta.
Para los que recuerden lo que escribí sobre Verona, se acordarán de la foto que incluí con
Francesca e Ivan con una gran M roja, que precisamente anunciaba la exposición de Mantegna. Pues en Mantua, además de la M, nos encontramos con la A de Alberti. Leon Battista Alberti es el gran protagonista de la primera arquitectura
renacentista. Fue el primero que escribió un tratado de arquitectura, el primero en actualizar, redefinir y regularizar un vocabulario arquitectónico que había sido comenzado a emplear ya por sus contemporáneos (especialmente Brunelleschi en Florencia) que se basaba en una idealizada Antigüedad pero a la que había que aportar modernidad, contemporaneidad. Sus pocos edificios, por ello, son lo más precisos y filológicos en lo que se refiere a literatura artística y arqueológica. Y es que no se conforma con leer lo que sobre la arquitectura han escrito los antiguos, sino que demuestra también un juicio crítico al contrastar sus palabras con los restos romanos conservados. Así, se explica si famoso mote, el “QVID TVM?” o “¿entonces qué?”,
que respalda el conocimiento sin límites, las
búsqueda perpetua, y que siempre acompaña a su emblema, el ojo alado, que simboliza el estudio, la observación de semilla empírica, desde lo alto. Mirar desde lo alto, sin inmiscuirnos pero sin perder detalle, para aprender. Y sobre todo, no parar de aprender.
Todos esto, y ejemplos de todos sus edificios, era explicado detalladamente en la exposición que vimos, seguramente la que más me ha emocionado jamás. Todo aquello que había estudiado estaba allí. Prácticamente todo lo que expuse durante la clase que di estaba allí. Estaba ilusionado, feliz.
Además, en Mantua hay dos
iglesias proyectadas por Alberti. En primer lugar está San Sebastiano, que ha llegado a nuestros dìas muy deformada debido tanto a
que nunca se llegó a acabar según el proyecto de Alberti como a una restauración tan atrevida como poco acertada. Da la sensación de un edificio no acabado, pues según el proyecto original probablemente
debiese tener una gran escalinata de acceso en lugar de las arcadas del piso inferior que acceden a la cripta (que por lo demás escapa a los cánones albertianos).
La segunda es la iglesia de Sant’Andrea, la catedral, que es realmente un amalgama de tipologías clásicas: la fachada mezcla el de arco de triunfo con una fachada de templo, mientras que el interior es totalmente basilical, con una gran galería central a la que dan los enormes arcos que abren las capillas laterales. Son dos edificios discutidos, de difícil estudio por la sucesión de los trabajos después de la muerte de Alberti (de hecho, Sant’Andrea se empieza a construir el mismo año en que muerte el arquitecto, y o se culmina hasta que casi trescientos años más tarde “nuestro” Juvarra construye la cúpula).
En fin, yo que creía que tras el viaje a Berlín me costaría volver a
ilusionarme viajando… Y es que, como bien me dijo Ivan al final del
viaje: “de este viaje no te quedarán secuelas materiales, solo un bello
recuerdo y una inspiración intelectual grande”. Así, con el catalogo de
la exposición de Alberti en la mano y con una sonrisa, vuelvo a
Venecia. GRACIAS, IVAN!


jaime dijo
si es que todo nos leva siempre a los mejores, Juvarra y amigos, y no estaba por allí Tiépolo de milagro, jeje
jaime
20 Marzo 2007 | 02:06 PM