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La Coctelera

Lo spagnolo volante

La dolce arte del non far niente...

16 Enero 2007

Vuelos, ciudades, maletas (especialmente maletas...)

Defino así el periodo que va desde el 30 de diciembre de 2006 hasta el 3 de enero de 2007 (podemos prorrogar la fecha final hasta el 5 de enero, partida de Pablo y Jaime de Venecia a Madrid). Tras diez días en Madrid sin nada que hacer y con tanto por no hacer, tras las cenas, reencuentros y demás cosas sabidas y esperadas, la sorpresa se presentaba en forma de aeropuerto, tocado precisamente la mañana de la partida a Berlín por un coche bomba que colapsó la T4… Algo que aunque suene egoísta pero inevitable, no trunca mis/nuestras esperanzas. Tras media hora de retraso, el avión despega. Decido dar una cabezadita inicial que despierta ya en Berlín. Así, amodorrado, me dirijo a buscar mi equipaje. La cinta da vueltas, bailan diferentes maletas, pero la mía parece ser que se ha quedado en el camerino. O quizá es que ni siquiera ha salido de Madrid. Así, con la cara compungida y con un resentimiento incluso hacia mí mismo de permitir que veinte camisetas me arruinen un viaje, ponemos marcha a casa de Manu…

¿A la casa o al palacio? Unos 30 m2 de habitación se disponen a cobijarnos durante cuatro noches. Somos siete y aún así sobra espacio. Entramos así en una espiral donde el tiempo no transcurre lineal, sino que parece detenerse, pasa sin pasar, simplemente se sucede sin animo de continuidad. Uno se va a la cama y se levanta, pero sin ser consciente de que un día se ha acabado ya, hasta que se da cuenta de que la última noche no puede dormir porque su avión sale a las 6 de la
mañana…

Nos hemos ido al final de la historia sin darnos cuenta (normal, cuando las cosas parecen no tener ni principio ni fin). Entre medias ha habido un poco de todo. Frío, pollos, museos, fotografías, cervezas (para los demás, claro está, a mí dadme JäggerMeister), catedrales, arquitecturas contemporáneas, kebabs (o kebaps?), sacos de dormir… Como base de partida, siempre Alexander Platz y su torre de comunicaciones, que recordaba demasiado a mi querido Franco Battiato. Y uvas, fuegos artificiales, petardos y más uvas.

La Nochevieja en Berlín. La Nochevieja fuera de casa. Tal vez tenga más sentido. Parece que hay algo desconocido por vivir, algo que no despierta tanto nuestro interés cuando estamos en casa, todos cara a la televisión con un platito de uvas y el matasuegras en la mano. La sensación es: hay una noche que quizá no nos pertenezca pero que por ello es más nuestra. El Año Nuevo se presentó así, por casualidad. Tras un día de paseo-turismo, acabamos en una casa desconocida con alemanes desconocidos con los que medio hablábamos en inglés (especificaremos que, aunque debíamos presentarnos a las 19, acabamos apareciendo sobre las 21’30…) y devorando una “fondie” de carnes diversas. Tras una visita fugaz a su terraza, desde la que se veía gran parte de Berlín atronada por los fuegos artificiales y demás pirotecnias, decidimos poner paso a Unter den Linden, una de las calles que tiene uno de los nombres más bonitos del mundo (Bajo los tilos) y que va a acabar a la Puerta de Brandemburgo… a la que, por supuesto, no pudimos ni llegar (ingenuos nosotros, que llegamos sobre las 23’30).

Estábamos en mitad de una guerra. Los petardos estallaban a cada paso alterando sobremanera a un servidor. Patrullas de niños descorazonados lanzaban su artillería a los pies de pobres viandantes que afanosamente saltaban para escapar del impacto. Así, con los nervios alterados, con el cuerpo en tensión, perdimos a Jessica, Stefanie y Diego, quedando solo en pie Manu, Jaime, Pablo y yo, descompuestos y sin uvas… Pero llegaron refuerzos. Una familia compatriota, escuchando nuestros lamentos, nos alargó una mano llena de nuevas esperanzas en forma de racimo de uvas, que repartimos enseguida y que, sin ninguna referencia horaria más allá de las de nuestros relojes de pulsera, devoramos al son de campanas ficticias, sin saber a ciencia cierta si sería la hora apropiada ¿Qué más da?

Pero como las grandes estrellas de la canción, hicimos bises para celebrar el reencuentro con las gentes perdidas que milagrosamente aparecieron entre la multitud. Así, fingiendo de nuevo las campanadas, nos volvimos a semiatragantar con ese neeeeeeeéctar diviiiiiino que desde que tengo uso de razón me endulza la transición entre dos años. En la cabeza no tengo buenos propósitos. Solo ganas. De todo.

Volvemos a casa de Manu. La fiesta al final parece más un guateque, y casi mejor. Las fuerzas fallan y hay demasiada gente con la que hablar después de tanto tiempo: Eva Maria, Celine y Felipe. Recuerdo como las conversaciones se suceden pero sin pasar el tiempo. Lo mejor, filosofar bajo los efectos de Brugal sobre el empleo de una lengua extranjera con Eva Maria (sin duda, la más guapa de la fiesta).

La noche acaba y el año empieza. Mi maleta sigue desaparecida. Así, desarrapado (e incluso agradecido de estarlo) comienza otro día de turismo centrado en el muro de Berlín y el Reichstag o parlamento alemán que nos permitió entrar tras ¿hora y media? ¿dos horas? de reflexiva cola. El tiempo, como dijimos inexistente, se medía por la congelación progresiva de articulaciones, caras y manos. Y, por fin, entramos, subimos a la cúpula de metal y cristal que parece no dejar de acoger gente ni el primer día del año. Un reencuentro magnífico, la ciudad a nuestros pies o nosotros a su cabeza. Todo armonizado por mi síntoma de vértigo gravitatorio: no miedo a caer, solo a sacar la mano con la cámara de fotos intentando fotografiar hasta el mínimo detalle del parlamento e imaginar cómo esta cae y… Despierto de la pesadilla tras una llamada de mi madre que me recuerda mi desaparecida maleta que me amarga un poco el resto de la tarde… hasta la cena en Postdamer Platz, el pretendido nuevo centro de la ciudad caracterizado por edificios ultramodernos que sostienen una especie de cúpula que ya en otra ocasión recordó a una tela de araña metálica.

Y día nuevo, vida nueva. Viaje al aeropuerto repitiendo en mi cabeza, en inglés e incluso en alemán, todo lo que me pudiera servir para preguntar por mi maleta. Así, entre “gepäck” (Manu, corrígeme) y “mother fuckers”, llegué al mostrador de maletas perdidas… Y allí estaba, la pobre. Si hubiera sido un perro, me hubiera saltado a los brazos, lo sé. Nada de preguntas, firmo un documento, cojo la maleta y me escapo. Como acto de fe, me voy de peregrinaje a la catedral, subo a la cúpula y empiezo a despedirme de Berlín. Y finalmente, esta vez con Jaime y Pablo, me voy a ver a Nefertiti, que con su único ojo sano me dice que la belleza no perece, solo es olvidada para reaparecer en otro lugar, miles de años después, bajo un capa de arena del desierto. En fin, estoy feliz. La visita acaba por un paseo por el Barrio de Kreuzberg y unas copas fugaces en un bar digno de un más sublime Lavapiés. Todo para volver a prisa a casa, organizar las maletas y salir hacia el aeropuerto con unas maletas que parecen pesar más, bien por la carga emotiva que nos llevamos de Berlín, de su Nochevieja y sobre todo de Manu, bien por el cansancio.

Dos aviones, una escala más que fugaz en Nürenberg y un sorprendente Ivan que nos espera en Bérgamo…

Genial

servido por Santiago 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

jaime

jaime dijo

genial todo Santi, como siempre, muy bonito como lo redactas. Pero aunque me he podido ya pillar la foto de la catedral para mi cupula-collection, he de decirte que te has olvidado de otro gran personaje genial que nos encontramos en Berlín, el simpático Tony, un personaje glitter digno de mención.
abrazos fuertes chato

16 Enero 2007 | 10:11 PM

Rosa J.C.

Rosa J.C. dijo

Jo, Santi, me vas a perdonar pero hacía mucho que no venía por tu blog. Me ha alegrado un montón ver que sigue vivo, mejor dicho, que emana vida a la red.
Lo que me da penita es ver la cantidad de cosas que me estoy perdiendo. :(
Besos.

24 Marzo 2007 | 01:15 AM

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