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La Coctelera

Lo spagnolo volante

La dolce arte del non far niente...

16 Enero 2007

Pablo y Jaime, nobles venecianos

La maleta ha vuelto a tener problemas. Ha llegado a Bérgamo esta vez, pero en estado de embriaguez. La prohibición de llevar líquidos dentro del avión habrá motivado a algún infeliz a llevar dentro de su maleta una botella de vino (tinto, para ser precisos). No quiero ni imaginarme su cara cuando haya descubierto que se le ha roto dentro, salpicando a las que tenía alrededor, entre ellas la mía, que no gana para disgustos. En fin, la aferro. Ha llegado, basta. Una ducha en casa y problema resuelto.

Mientras Pablo y Jaime se preocupan por el asunto de ir de Bérgamo a Venecia, yo preparo el golpe de escena: Ivan ha venido a recogernos, pero ellos no lo saben. Ivan, siempre fiel, siempre grande, siempre él, espera tal vez más impaciente que nosotros. El reencuentro, un poco bajo los efectos narcóticos de breves cabezadas de sueño en incómodos aviones, es genial. Corremos al coche, lo cargamos (mi sola maleta invade literalmente el maletero, lo demás tiene que ir dentro, para infortunio de los que van sentados atrás) y, tras el imprescindible café, partimos, yo a los mandos del copiloto. Pocos minutos después descubrimos que Pablo y Jaime, aliándose con mochilas y bolsas, que les sirven de improvisadas almohadas, se han quedado dormidos… y prácticamente no abren ojo hasta que llegamos a Padua, egregia ciudad del más grande de los Ivanes. Decidimos pasearla y comer allí, pasamos unas horas muy agradables bajo el sol de la mañana que por fin se nos revela este año, y que en Berlín nos había sido negado. Entre el Prato della Valle (Ivan, lo puedes ver en las imágenes), la basílica del Santo… se agota el mínimo atisbo de energía que podíamos conservar todavía…

La vuelta a Venecia, en tren desde Padua, es triunfal, evidentemente. Llegamos a casa, por fin. Escribo casa, y es que ya siento Venecia como mi casa, al menos por ahora. Es día tres, empiezo a trabajar el día ocho. Esto es, tengo cinco días de vacaciones ociosas, para tocarme los mismísimos, para estar todo el día en casa si me da la gana (clásicas vacaciones que solo se puede permitir uno en un sitio que siente como casa). No es así para Pablo y Jaime, que no pueden evitar sucumbir la primera tarde al sueño profundo. Se van a la cama a las siete de la tarde… y hasta el día siguiente. Yo, mientras, me he ido a buscar a Vanna, que llega poco tiempo después.

Se suceden dos días de intimidad respetada. Jaime y Pablo se dedican a pasear la ciudad mientras yo me dedico a no hacer nada especial. El vínculo Venecia entre Jaime y yo, poderoso, se desconsuela al saber que esta vez Jaime se irá y yo me quedaré. No es como las otras veces, no llevamos el mismo ritmo. Él viene de vacaciones, mientras que yo empiezo a poner el punto final. Pero esta vez no es solo Jaime, es también Pablo, al que por otra parte, y quizá por razones diferentes, me gustaría retener en Venecia. Y es que Pablo es la persona que conozco más fiel al concepto de belleza, la siente, la aprehende. Y Venecia, no en vano, es la ciudad más bella del mundo. Pablo aquí sería feliz, y su compañía sería sorprendente. Pero no les quiero invadir, sino que quiero compartir mi vida con ellos. Por ello la intimidad compartida, porque sé que quieren estar solos, porque están de vacaciones, porque se necesitan, porque no les quiero retener a pesar de desearlo de todo corazón, y por otra parte porque yo también necesito mi intimidad, tanto solitaria como con Vanna, que, durante estas vacaciones, se ha presentado en ocasiones bajo una forma forzada, bajo la forma del compromiso.

A veces pienso que para sentir la intimidad hace falta concebirla como un concepto atemporal, aunque dure unos pocos segundos. Y reconozco que cuando se está de vacaciones “sociales” es difícil. Esto está lejos de ser una queja, es solo un estado. La intimidad no tiene por qué vivirse solo. La sensación de ver a una persona tras mucho tiempo, de cruzar una mirada y entenderla, entra dentro del espectro de intimidad compartida, que era lo que más echaba de menos al salir de Venecia. Pero por otra parte, me he acostumbrado a estar a mi aire en Venecia. Venecia es genial como ciudad intimista, y me he hecho adicto a este sentimiento. Por ello, si no me siento a mi aire aquí, no merece la pena estar. Concibo tener prisa en Madrid, concibo el estrés, concibo las prisas. Pero en Venecia no hay nada que me irrite más. Sé que tengo tiempo para todo, y por ello no me permito desequilibrios. Y tal vez por ello, cada vez que llego aquí, sea desde Madrid, Berlín, Florencia o Padua, mi siento en casa, porque Venecia lleva el ritmo que yo le impongo, no dependo de nadie, hago lo que me da la gana.

Y tal vez por ello, los mejores momentos con Pablo, Jaime, e incluso con Ivan, Katia y su novio cuando vinieron a visitarnos, los recuerdo en mi casa, haciendo CD’s de música o fotos deformes con el portátil. Porque mi vida en Venecia tiene mucho que ver con mi casa, porque la ciudad no representa la intimidad porque hay demasiado por hacer al salir por la puerta. No he hecho turismo con Pablo y Jaime, ellos se sobraban, no me he ofrecido a ir con ellos y ellos tampoco me han invitado. Ellos estaban de vacaciones, yo, como he dicho, las había dado por acabadas desde un punto de vista “activo”. Todos sabíamos lo que queríamos, nos entendíamos y nos respetábamos.

La vida social en Venecia, como viene sucediendo desde que estoy aquí, comienza poco después de irse el sol, a partir de las 19, cuando se suceden spritzs, cenas… La luz del sol elimina un poco el sentido de soledad-intimidad, de exclusividad, o eso me parece. Las últimas horas del día en vacaciones son de lo mejor, cuando, demasiado cansados para moverse demasiado, se comparte lo vivido durante el día o, exhaustos de ello, se divaga sobre lo que sea. Con Pablo y Jaime, y con Manu en Berlín, sucedía. Durante el día, la protagonista era la ciudad. Por la noche, los protagonistas eran los demás. Y es cuando se entiende que Berlín, Madrid o Venecia son la misma ciudad dependiendo de las personas con las que se compartan.

Entrando en pequeños detalles, destacamos la cena en el Nono Risorio con Ivan, donde las camareras, todas bellas, se llevaban nuestras miradas, a pesar de parecer una mesa del comité directivo de la Zero (esto es un guiño a Pablo). Y también la visita de Elisa, con la que he hecho una especie de intercambio de vida.

¿Conclusiones? Pienso en Pablo y Jaime, que han empezado un viaje con otras cinco personas y han vuelto solos, cargados de maletas y con la mirada un poco perdida en los días pasados, cargada quizás con un poco de envidia, tal vez hacia nosotros, o tal vez hacia ellos mismos apenas una semana antes, cuando todo iba a empezar. Todos nos hemos quedado por el camino. Manu, Jessica, Diego, Stefanie, Eva Maria, Celine, Felipe, y, por qué no, incluso Uli, el compañero de piso de Manu (a su pesar, el personaje esperpéntico del viaje), Ivan, Katia, Elisa, Santi, una cena de Nochevieja en un lugar desconocido, paseos en la bici de Manu por Unter den Linden, unas uvas extrañas, una maleta extraviada y borracha, pompas de jabón, perritos (o perrazos) calientes, muchos aviones, tres ciudades, tramezzinis, camareras… cosas que aisladas tal vez no sean de gran interés pero que vividas con la gente que quieres se hacen inolvidables. Todo esto tal vez sean pensamientos simplistas, empalagosamente laudatorios, pero su ingenuidad esconde una sinceridad profunda. En definitiva, tengo ganas de secuestraros a todos y traeros aquí. Y a los que no habéis estado también, precisamente por no haber estado... y os sigo esperando.

servido por Santiago 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

jaime

jaime dijo

cargados con mil bolsas y paquetes llegamos de coña, sin tener que pagar sobrepeso en Marco Polo, sobretodo yo con mis 44 Dylan Dog, a Madrid. es cierto que os fuimos dejando a todos por el camino y por eso Pablo y yo, aunque nos pudimos consolar mutuamente, estabamos tristes, tristes por dejar Berlín (que se nos ha redescubierto como una gran e interesante ciudad), por dejar Venezia (no hace falta añadir nada, ella ES) y por supuesto por dejaros a los demás (fue duro). Aunque siempre está el consuelo de saber que estais muy bien alli, eso es lo que vale. Pero también nos volvimos a reunir aqui algunos en casa de Jezzi para ver todas las fotos, recordar momentos y contarselos a Victoria.

que el recuerdo nos acomàñe y consuele hasta el próximo reencuentro.

por cierto Santi no sabes la suerte que tienes de no estar aqui tras la historia de la bomba de la T4.

16 Enero 2007 | 10:21 PM

Paul

Paul dijo

Santi... Santi, ¿cómo lo haces? ¿dónde has aprendido a escribir así? Yo esto no lo sabía, me ha pillado por sorpresa. Mil gracias por estos textos tuyos que han hecho que se me salten las lágrimas, de verdad. Haces que lo que vivimos esos días se intensifique en el recuerdo, Santiaguito.
Mil gracias otra vez, guapetón veneciano.
Muchos Besos!

17 Enero 2007 | 12:02 AM

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