Este pseudo veneciano sigue vivo. Eso sí, sus ritmos son frenéticos. He tenido mis días más agitados desde que he llegado. Y es que, como se dice, todo llega junto. En realidad todo son noticias buenas, que me han hecho replantear mi situación aquí. Hasta el momento, mis días en la Querini no hacían más que pasar sin pena ni gloria, encerrado en un despacho, sin labores a la vista y estudiando y aburriéndome (siendo míticas las sesiones de Messenger a escondidas). Faltaba la motivación ya no digo de hacer cosas que respondiesen a mis “supuestas” capacidades. Quería una tarea, algo que hacer, sentirme útil en algo…

Pero bueno, vayamos por partes. 3 de diciembre, cumpleaños y llegada de Qky a Venecia ¡Ver aparecer a Qky tras las puertas de cristal del aeropuerto es una experiencia inolvidable! Y hasta única. Qky en Venecia por fin, cumple su promesa. Inconcebible ver esa cabeza rapada que arrastra una maleta. Una cara amiga, una persona con la que hablar sin tapujos, un viejo conocido. A los que viven en el voluntario exilio (olé!) les hace falta la presencia de casa para no olvidar de dónde vienen, pues detrás de la añoranza se esconde la amenaza del olvido involuntario. O, por decirlo de otra manera, el olvido de lo que uno es debido al melancólico pensamiento de no ser ya quien se era (soy consciente de que me he flipado, que solo llevo aquí tres meses y que dentro dos días estoy de nuevo allí).

La cuestión, Qky me ha puesto un poco en mi sitio. Me ha hecho recordar, me ha preparado para la vuelta, cosa que en este momento deseo por encima de todo. Y con Qky, bueno… ¡ha llegado la Navidad! Y mientras Venecia se viste de gala (turística), nosotros nos hemos dedicado a pasearla con paso sobrio, tranquilo, relajado. No ha habido palizas turísticas, no ha habido demasiadas prisas. Solo el reencuentro, armonizado con máscaras, palacios y hasta una fiesta española en el Carcan (¡¡evidentemente!!). En fin, cargábamos energías. Mientras yo trabajaba, Qky se dedicaba a la cura del sueño.

Paradójicamente, la protagonista de este viaje Qkano ha sido otra ciudad: Florencia. El fin de semana lo pasamos allí con Ivan. Las impresiones las más diversas, pero todas emocionantes. Acostumbrado al lento ritmo veneciano, Florencia se muestra llenísima de vida (por no hablar de arte…), de inquietud.
Una ciudad nueva siempre que vuelvo, pero sin embargo, una ciudad donde, siempre que estoy, llueve. Y de nuevo me he vuelto a encontrar con el arco iris desde lo más alto (¿te acuerdas, Manu?). Ante la imposibilidad de escalar (quien haya subido sabe que este es el término exacto) la cúpula de la catedral, nos conformamos con subir al campanille (bendita conformidad)… y allí paró la lluvia y salió el arco iris (aunque Manu, no era tan evidente).

Por lo demás, conseguimos hacer un planning bastante preciso de qué hacer en la ciudad, y prácticamente vimos todo (quedó en el tintero el David de Miguel Ángel…) iluminados de nuevo por las luces de Navidad (tan necesarias… ¡en este país se hace de noche a las 16!) y calentados por las castañas callejeras y los vin broulè. No entraré en detalles. Solo diré que hice 500 fotografías y que espero que entendáis lo difícil que se me hace seleccionar las apropiadas para el blog…

La vuelta a Venecia fue una Odisea (cogimos un tren que salía a las 1’47 de la mañana y llegaba aquí a las 5’30), y claro, tuve que ir a trabajar habiendo dormido dos horas… Para colmo, ese día teníamos que preparar la fiesta de los Amigos de la Querini (gentes de dinero que invierten en la fundación), montando una exposición, moviendo muebles antiguos, cerámicas… Vamos, que como para tropezarse… Dejo mi trabajo para acompañar a Qky al aeropuerto, que desaparece en la cola de los detectores metálicos. Y vuelvo a la Querini: me encuentro con que todo el mundo tiene una labor asignada, y yo me siento de nuevo inútil en este fundación. Me siento vacío, creo que nadie cuenta conmigo.

Así estaba yo, entreteniéndome con la cutrería de la gente que se abalanza sobre la mesa del buffet para cenar algo (y es que las joyas no siempre dan distinción…), cuando me cruzo con una profesora que tuve durante la Erasmus, y para la que hice un trabajo sobre tratados del Renacimiento. La profesora se acordaba de mí y de mi trabajo. Y no solo eso: me propone dar una clase, pues en esos días da unas clases que se acercan bastante al argumento del trabajo. Acepto sin titubear, a pesar de que tengo solo dos días para prepararlo.

Y la locura empieza. Yo que pensaba darme unos días de descanso me encuentro de nuevo dentro de la vorágine. Pospongo mi descanso hasta el jueves, día en el que tengo que dar la clase, que fue genial, ya que me encontré muy suelto y fui capaz de hablar durante dos horas sin nervios (¡mi sueño hecho realidad! Definitivamente quiero ser profesor de Universidad). Al final incluso me aplauden (a profesora les tiene bien amaestrados) y no solo eso. La profesora me dice que mas adelante hablará sobre los Diálgos de Arte y me dice que, puesto que ese es el argumento de mi tesina, podríamos repetir experiencia. Y me dice que tiene un amigo en un centro de estudios de arquitectura palladiana donde tal vez me interesaría hacer unas prácticas. Bueno, aunque esto entre ya en lo virtual, la verdad es que no deja indiferente.


Salgo de la facultad cansado pero triunfante, con la cabeza por las nubes entre la sobreestima y el sueño. Pero antes de ir a casa, tengo que ir a la Querini ¡Y me encuentro con que me dan trabajo! Unas fichas de unas obras que saldrán para una exposición sobre arte veneciano que habrá en Japón. Y eso significa hacer las fichas de conservación, buscar bibliografías y actualizarlas… vamos, lo que viene siendo volverse loco… Otra vez de cabeza, incluso haciendo horas de más en la Querini (horas que, por otra parte, en teoría debo). Finalmente llega el fin de semana pero… ¿cómo voy a descansar? ¡Si es mi último fin de semana en Venecia antes de irme! En fin, que se puede decir que estoy al borde del estado zombi… Y esta tarde (que será ayer por la tarde cuando lo leáis), Ivan y Katia me esperan para cenar y despedirnos en Padua, mañana cena con los compañeros de piso, y falta aún hacer la maleta, comprar algún regalo, afianzar todo antes de irme… En fin, que desde que ha venido Qky no he parado. Pero que esto empieza a tener sentido. El tiempo pasa, pero no lo parece. Y mañana estaré en Madrid para volver a Venecia prácticamente pasado mañana. En fin, chatos y chatas, os quiero.