Pereza… Tras la fiesta de Halloween no he vuelto a escribiros, y es que tal vez después de tan magno acontecimiento, las demás cosas pasan a un segundo plano… En fin, una excusa como otra para explicar por qué no he escrito en el blog en los ritmos días, cuado en realidad sea la palabra que abre este capítulo la que explica todo…
En fin, aquí la descripción del fin de semana pasado. Otro viaje y otro tren hacia Padua, otra cena con Ivan, Katia y Sara (no la morena, sino una amiga de Ivan) en el bar en el que trabaja Manuela. Dos protagonistas de excepción: la comida china (con galletitas de la suerte incluidas, que, menos mal, me auguraron una larga vida y muchos hijos…) y un café que Katia me derramó por encima, sobre el pantalón (ella decía que sin querer, pero yo sé que no puede resistirse a meterme mano… véase la fotografía). Todo avanza bien, pero hace un frío que te mueres, con lo cual, cuando se empieza a retirar la gente, en vez de salir, Ivan Katia y yo nos vamos a ver “Brian de Nazareth” (“La vida de Brian” en italiano), y así de mística acaba la noche.
Pero lo bueno estaba por llegar. A la mañana siguiente, tras una abundante comida con argumento histórico en casa de Ivan, salimos para Treviso. Yo, copiloto incondicional que se iba durmiendo gracias a la generosa comida y los vinos, cognacs y ron mieles tomados en su transcurso… Pero fue llegar a Treviso y comenzar la magia. Para empezar había delfines que volaban, y osos y pingüinos salían a los balcones para vernos pasar (nada de trippipes, ver fotos). No esperaba nada especial de Treviso, y seguramente fue por eso por lo que me sorprendió tanto. Es una ciudad pequeña, compacta, armónica… Tal vez falten obras maestras, pero la ciudad en sí es un conjunto espectacular. Ivan no paraba de sorprenderse de la relación de la ciudad con el agua de los canales que la atravesaban. Yo, para variar, no paraba de ver a Palladio por todas partes. Había rincones encantadores, calles atestadas de gente que paseaba… Es una ciudad que invita a mirar. La particularidad de las ciudades del Véneto es que tienen una vida propia, un ambiente urbano-social bastante marcado, que en Venecia a veces se pierde por el exceso de turismo.
La guinda la pusieron los amigos de Ivan: Chiara, Federico y “La Pazza” (no me acuerdo cómo se llamaba!). Quedamos para tomar el clásico spritz, que se trasformó en cena y más tarde en invitación a una fiesta de licenciatura. Vale que ni Ivan ni yo conocíamos a la reciente licenciada… ¿pero desde cuándo eso ha sido un problema para ir a una fiesta con todos los gastos pagados? El lugar estaba en mitad de la nada, un sitio perdido rodeado de campos donde no se molestaba a nadie (y nadie nos molestaba a nosotros). Y así, entre sangría (sorprendentemente buena), cerveza y sambuca continuó la noche hasta la final retirada.
El día siguiente lo dedicamos al reposo, solo interrumpido por un paseo por los alrededores de la casa de Ivan en Rubano (en homenaje a Ivan, tengo que hacer promoción de su tierra!). Todo naturaleza y tranquilidad, un gran lago, ocas que nos amenazaban y villas en torno. En fin, una buena manera para desconectar de los ritmos urbanos… Tras este paseo las energías se quedan a cero, y tras la comida, mientras intento ver con Ivan un documental sobre las Brigadas Rojas, desfallezco, me echo una de las siesta más placenteras de mi vida. Consigo levantarme para ver el final del documental, sorprendiéndome de lo especialmente capullo que parece el presentador. Acaba e Ivan me acompaña a la estación de Padua. Cojo el tren, saco la cámara y me pongo a ver las fotografías hechas. Conclusiones: soy feliz, el mundo es bonito. Ha habido mucha magia involuntaria este fin de semana, entre cafés que vuelan, galletitas de la suerte, pingüinos, delfines, osos, rincones, lagos y ocas… y no, no estoy enamorado más que del mundo.
GRACIAS, IVAN!!!!

pero que guarro, escribiendo cosas cerdas en baños extranjeros.