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La Coctelera

Lo spagnolo volante

La dolce arte del non far niente...

24 Abril 2007

La Basilicata al revés (patrocinan los retrasos de TrenItalia)

Es matrtes, 10 de abril. El tren de vuelta a Venecia hace un retraso monumental de dos horas y media. Estamos cansados, los ojos luchan por cerrarse y finalmente, cuando aún queda hora y media para llegar a Venecia (son las 22’30 de la noche), nos dormimos. Cuando ponemos pie en la estación de Santa Lucía a medianoche, tenemos los sentidos embotados. El traqueteo del tren ha calado hasta los huesos y en cierta medida los ha descoyuntado.

Qué diferente es todo. Vuelven a desaparecer los coches. La ciudad es pequeña, los edificios bajos… Todo contrasta con San Giovanni Rotondo, el último lugar que hemos visitado al sur de Italia. Es una ciudad de la región (para nosotros comunidad autónoma) de Puglia (el tacón de la bota italiana), cercana a Foggia, desde donde nosotros salimos (Foggia está también en Puglia, pero es la parada de tren más cercana a la casa de Vanna, que pertenece a la región de Basilicata), que tiene el honor de haber visto la vida y milagros del Padre Pío. Todo el anecdotario sobre la historia e iconografía de este santo de principios del siglo XX la dejaremos en el tintero, y solo señalaremos que fue un hombre implicado, concienciado de las problemáticas sociales que lo rodeaban, que hizo de san Giovanni Rotondo un lugar de refugio para los más necesitados, fundando el que hoy es el mejor hospital del sur de Italia. No puedo dejar de mencionar que, como atributo de santidad, sobre las manos le aparecieron los estigmas de Cristo (por ello, en la foto aparece con guantes). En el sur de Italia le adoran. Con sus esfuerzos hizo levantar una iglesia-convento (digamos que horrible, por cierto) y, en su memoria, se ha levantado una segunda iglesia sobre proyecto de Renzo Piano (el mismo que hizo la cúpula del Postdamer Platz de Berlín), que parece más un estadio de baloncesto que una templo cristiano, aunque no deja de ser impresionante, al exterior porque realmente se adapta el paisaje del entorno, y al interior por la constante sucesión de pilares curvos que, de nuevo, vuelven a recordar a un insecto (ya dije que el Postdamer Platz de Berín me recordaba a una tela de araña). Y digamos que la iglesia nueva es ya de por sí motivo de peregrinación para las nuevas generaciones de arqutiectos.

Es un paseo tranquilo con Vanna y sus padres, que me cuentan todo tipo de anécdotas sobre el santo y el lugar. Hace sol, estamos tranquilos, quizá un poco amodorrados por el madrugón. Pretendemos olvidarnos del tren que finalmente nos ha dado la puntilla. Es quizá el momento en el que más hablo con el padre de Vanna, Antonio, que durante nuestra visita se ha visto indispuesto debido a una terrible tortícolis que le ha impedido (también para su fastidio) prestarnos mucha atención. Pero ese día está bien, está contento, me cuenta cosas sin parar. Yo le escucho con interés, con uno de los intereses más sinceros de los que he probado durante el viaje. Y es que este ha sido un viaje donde no he parado de conocer gente, tanto familiares como amigos de Vanna. Y de hecho, mientras escribo, me doy cuenta de que ya he olvidado nombres e incluso caras.

De hecho, justo el día anterior, el lunes llamado de Pasquetta (que en español no sé como se llama y que para mí siempre ha sido el lunes de propina porque era todavía festivo), como es normal en toda Italia, nos fuimos con los amigos de Vanna de picnic campestre, en mitad del monte, cerca de un río, algo bastante "idílico – bucólico", pero que a mí me dejó fuera de combate. Me sentía dentro de un caos lingüístico absoluto, donde se mezclaba el italiano con el dialecto lucano. Además, el cansancio “social” hizo mella, me sentía un poco “harto” de conocer gente, estaba cansado, tenía sueño. Es uno de esos días en que ser simpático me resulta difícil (me concéis perfectamente, sabéis a lo que me refiero: no soy bueno cuando llego nuevo a un grupo grande). Así que la mañana me resultó difícil, aunque, cuando empezamos a comer (y a beber) me animé un poco (aún así, estaba lejos de sentirme el alma de la fiesta). La tarde discurrió con juegos y trucos de cartas, aporreando balones (que bello volver a jugar al 1 X 2) y tratando de soltarme. Hice progresos pero no mejoré bastante.

Para el que piense que soy exagerado, que viva una jornada como la del día anterior, el famoso Domingo de Resurrección. Ya sabía que iba a ser un poco duro, porque ese día tocaba comida familiar en casa de la abuela paterna de Vanna, y para rematar, hacer después la ronda de familiares. Mi presencia crea cierta espectación, soy el primer chico (entiéndase “novio”) que Vanna lleva a casa, que hace oficial, y encima no puedo quitarme de encima el sambenito de ser español. El exotismo me vuelve a hacer ganar puntos. Todos me tratan bien. La comida en casa de la abuela es genial, no solo por los platos, todos geniales (en Basilicata saben comer bien) sino porque me encuentro a gusto. La abuela me coge cariño enseguida, aunque no sabe decir mi nombre y me llama “Giacomo” (Santiago a la italiana). Cada vez que intento hablar con ella, siento la mirada de todos en mi nuca: la abuela me habla en lucano, y yo hago todos mis esfuerzos para entenderla, creando lo que para los demás es una escena cómica pero de la que salgo un poco apurado. Estaban además los tíos de Vanna (no todos, hacer el árbol genealógico de Vanna es incluir a casi toda la población de su pueblo, Rionero in Vulture), su primo y su hermana. Y será con el primo y la hermana, y también con conocidos, con quienes iremos a Monticchio, una zona montañosa cerca de Rionero donde hay dos lagos practicamente gemelos separados por un monte, y que como espectáculo de la naturaleza no tiene desperdicio. Volvemos a Rioenro para seguir con las visitas (a los abuelos maternos de Vanna, los tíos…), y en dos horas conozco practicamente a toda la familia de Vanna (que, repito, no son pocos). Al volver a casa respiro profundo, he superado la prueba, y de hecho me ha gustado. Pero el estrés del día es el que repercute en el picnic.

Lo que no os he contado es que, además, esa mañana, al despertarme, me encontré con una garrapata pulgosa bien aferrada a mi brazo derecho, que, con cirujía de aguja y pinzas, conseguimos extraer no sin lucha (a las hijas de puta cuando meten la cabeza no hay quien las saque). Esto, en cierto modo, sirvió curiosamente para relajarme y para tener algo que contar… El caso de la pulga es curioso. Creo que me pudo picar el día anterior, el sábado, cuando fuimos por la tarde noche de nuevo a Monticchio con otra amiga de Vanna (ya os he dicho que Monticchio es una zona agreste, y es posible que alguna me saltara). El acontecimiento del sábado, sin embargo, no fue este, sino la procesión de Semana Santa de Rionero. Es diferente al esquema español, donde se vive todo en torno a la santa o al Cristo del lugar, sino que aquí se hace además la representación de la Pasión tipo auto sacramental, con gente que se viste de legionario romano, con Pilatos que se lava las manos, con Cristo en la columna, llevando la cruz (con las tres caídas y todo) y, finalmente, crucificado, todo por las calles del pueblo en plan via crucis viviente. Otra de las figuras importantes es la Zingara (Gitana) que representa la codicia y que leva puesto practicamente todo el oro del pueblo (que luego se devuelve), razón por la cual es escoltada por los Carabinieri. Vanna vive el acontecimiento como algo cotidiano y del que está harta, como algo risible, pero a mí me parece conmovedor. De hecho, los actores también recitan, y resultó conmovedor el llanto de la Virgen sobre el Criso muerto, aunque al final me vinieron ganas de gritar: NO PASA NADA, RESUCITA EN TRES DÍAS (Vanna dice que me apedrean si digo eso).

Escribiendo esto me doy cuenta de que he vivido mi primera Semana Santa como tal, mientras que hasta el momento siempre la he visto como una excusa para escapar. Sin embargo, esta vez ha habido procesion, comida en familia, y, còmo no, el tradicional Huevo de Pascua, que nos esperaba esa noche tras la cena.

En fin, todos estos días han sido de conocer gente, de presentación en sociedad. No he conocido a fondo la Basilicata (habrá ocasación). De hecho, las únicas “visitas turísticas” que hicimos fueron el viernes, acompañados por Rosa, la madre de Vanna. Empezamos por Melfi, una de las ciudades más importantes al norte de la región, y que reivinduica su independencia como provincia. Está, como muchas de las ciudades y pueblos de la zona (como también Rionero), en lo alto de una montaña, con lo cual todas las calles son empinadas. En lo alto del todo, despunta el castillo medieval de Federico II, y que hoy es Museo Arqueológico, albergando todo tipo de piezas y utensilios de época prehistórica, griega (no olvidemos que el sur de Italia era la Magna Grecia) y romana. También visitamos la catedral, que no nos impresiona demasiado. Sin embargo, la cosa fue totalmente diferente al visitar Venosa, conocida por ser la ciudad natal del poeta latino Horacio. Uno de los lugares más bonitos que he visto (aunque de manera fugaz), en cuyo centro también hay un castillo medieval habilitado como Museo Arqueológico. El plato fuerte, sin embargo, es un campo arquológico que hay a las afueras donde se ven los restos de una domus y unas termas romanas, mientras que de fondo hay una iglesia de estilo bastardo, con intervenciones de varias épocas (que abarcan los siglos XI y XII), que reaprovecha los materiales del entorno pero que nunca se llegó a acabar. Practicamente, le faltan solo la cubiertas. Todo está rodeado por cesped y flores, sobre el que no demajos de tumbarnos a hacernos fotografías (añadiéndo una nueva hipótesis para el caso de la garrapata).

En fin, que el viaje empezó como acabó. Con retraso de Treintalia, en un tren literalente infestado de personas, donde la gente de nuestro compartimento no paraba de cotorrear para mi desgracia (yo que quería un viaje tranquilo, no me apetecía hablar, quería leer, aprovechar los últimos momentos “a solas” con Vanna) y con una angustia frente a una situación que Vanna me había definido como catastrófica: es un pueblo pequeño, te mirarán por la calle, en mi familia son todos muy católicos, hablarán en dialecto, no tendremos ni un momento para estar solos… La llegada, sin embargo, fue genial. Esperaban los padres de Vanna, que en seguida me hicieron sentirme a gusto, y de hecho, apostaría a que el padre de Vanna, a parte del problema de la tortícolis, estaba más nervioso que yo. Y será la madre la que ejercerá de anfitriona insuperable. Empezaban así, el cinco de abril, cinco días donde todo tipo de emociones se cruzarían, tanto dentro de mí como dentro de Vanna. Lo que describo como estrés social se debe no solo a no parar de concocer gente, sino a que realmente quería conocer a toda aquella gente, aunque ha supuesto un cansancio mental que no hizo más que avanzar esos días.

En fin, ya en Venecia, con un par de semanas de por medio, comienzo a digerir todas las experiencias, y me doy cuenta de que ha sido un buen entrante.

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30 Marzo 2007

La vuelta a casa

Paseando por Padua con Ivan tras ver la última sede de la exposición de Mantenga, y tras el honor de haber visitado nosotros dos solos (con la única compañía del vigilante) la Capilla de los Scrovegni pintada por Giotto, recibo un mensaje de Francesca. El día anterior había ido con ella a clase de Gentili, que había hablado sucintamente del congreso internacional que se celebraría en Madrid sobre Tintoretto con excusa de la exposición antológica del Prado. La cosa pareció haber caído en saco roto… al menos para mí, pero no para Francesca. El mensaje me decía que había ofertas con MyAir, me animaba a pensármelo… Y yo tengo ganas de volver a casa unos días, tras las estresantes Navidades que conjugaron Madrid con Berlín, Nüremberg, Bérgamo, Padua y Venecia en el desfase geográfico más fuerte que he vivido. Al instante, acepto. Pero no puedo pensar en volver a Madrid sin pensar en Vanna. Por entonces no llevamos juntos casi ni dos meses, pero no quiero separarme de ella. La digo de venir, y ella aún necesita menos tiempo para pensarlo: sí.

Este viaje, que está destinado a darnos indirectamente más de un dolor de cabeza (por el asunto de la mudanza, del que se hablará en el capítulo correspondiente), se presenta sin embargo como agua de mayo. No hay grandes responsabilidades aparte de pasárselo un poco bien, hacer turismo, girar la capital… Además, a mí, ya oficialmente, la semana antes de la llegada, me prorrogan la beca, a lo que yo acepto alegremente pero diciendo que ya tenía comprado el billete de vuelta a Madrid, y que me gustaría volver para gestionar lo que queda de beca. Me dan una semana de vacaciones sin decirme nada.

Llegamos el 24 de febrero. No solo mis padres, también Qky (de nuevo) espera en el aeropuerto. Pero la primera noche no es digna de los viejos tiempos. Es una tarde de descanso, de retomar fuerzas, de cenar en torno a la mesa, de tortilla de patata, de hablar, de presentar un poco a Vanna, que en seguida (y como era de esperar) se convierte en la sensación de la casa, no porque lo buscara (en estas ocasiones la timidez es normal) sino por la expectación. Otro invitado de honor en la mesa, a parte de Qky, será Gonzalo, que no deja de venir a verme la primera tarde que estoy en Madrid, como noble co-fundador de grupo…
En fin, en los días siguientes se suceden turismo, bocadillos de calamares, fiestas en casa de Jessica prolongadas en el sempiterno Penta (Dios, es la atracción urbana que más hecho de menos en Venecia), paseos por el centro histórico, por el Madrid de los Austrias, por el parque del Retiro… Empezamos Vanna, Francesca y yo… ¡¡¡¡¡¡¡Y luego se incorpora EUNATE!!!!!!!! Y si Gonzalo es el co-fundador de grupo barriero, Eunate es Venecia, aunque desgraciadamente ya no está y no se sabe si lo estará en un futuro, por ahora me temo que lejano (¡amor, no me dejes aquí solo por siempre!). Palacio Real, Almudena, Viaducto, Calle Mayor, Templo de Debod, Plaza Mayor (ahora con Jaime y Lili), más paseos… Y por la noche, todos a casa de Jessica. Reencuentro con todos, no me hace falta más. Las sorpresas no acaban: MANU está presente. Parece una convención de amigos desperdigados (solo falta Abel), donde estaba también Inés, a la que sé que debo más de una disculpa…

El día siguiente parece una jornada de reflexión. Todos estamos cansados, con resaca, y a la espera del congreso de Tintoretto que empieza al día siguiente. Francesca se va a visitar a sus antiguos compañeros de piso y nos deja la tarde a Vanna y a mí, que decidimos dar un paseo por el Retiro. Lo que más llama la atención es el Palacio de Cristal, no solo porque es precioso, sino porque dentro hay una instalación de Merz, el Igloo, otro de los representantes del Arte povera del que en Milán se habló.

Comienza la digresión otra vez. Tras clarificantes conversaciones con Vanna, podemos establecer que el Arte Povera y el Pop Art nada tienen que ver. De hecho, la única “semejanza” es que el primero nace en oposición radical al segundo. Y es un movimiento esencialmente italiano. Y de hecho, Arte Povera es un término italiano que en realidad nunca ha tenido una traducción oficial ante los estudiantes de Arte Contemporáneo (aunque literalmente signifique Arte Pobre, nadie nunca lo llamará así), en parte porque es un movimiento esencialmente italiano, donde materiales, inspiraciones, en parte artistas (Kounellis es griego pero siempre a estudiado en Italia)… nacen en la península y en el entorno (e incluso en la tradición) italianos. Retomamos a Pino Pascali (quien sin embargo, poco más adelante, abandonará el movimiento por no querer ser parte de ningún grupo), que emplea materiales artesanales de origen italiano o natural, tales como el agua (aqui su obra Mare), la tierra o el lienzo (el lienzo es el material fundamental sobre el que se ejecuta casi toda la pintura europea desde el Renacimiento, y los que mejor dieron uso de él fueron los italianos, e incluso tendría el coraje de decir que los venecianos… siempre vuelvo a casa…). Es una respuesta ante la reproducción en cadena, ante la guerra, ante las desigualdades sociales, que reivindica el trabajo físico… mientras que Warhol (tomado siempre como mayor representante del Pop Art) nunca quiso mancharse las manos. Y lo que dije anteriormente del tanque de Pascali es un error garrafal: no es un arma que nos apunta y nos dispara, sino todo lo contrario. Es un juguete enorme, un arma que no dispara, un tanque inofensivo que sería el sueño de cualquier niño.

Todo esto, en fin, para demostrar mi ignorancia. De la misma manera que hablo, me corrijo. Soy así. Siempre buscando, en el fondo, equivocarme. Pero dejémonos de tonterías, y vayamos a Igloo de Merz. Un igloo construido con materiales que aluden a elementos naturales, como el cristal que llama al hielo, aunque el contexto en que se insertan debe responder a una realidad del entorno, pretendiendo una escenografía pseudo naturalística. La luz resbala por el cristal, que a su vez refleja el agua, todo sobre una alfombra de tierra y piedra. Los elementos de fingida naturaleza juegan así en la ambigüedad de meter un igloo de metal y cristal dentro de un palacio de metal y cristal. Y no lejos queda el agua, presente en el estanque frente al palacio. El artista, así, crea un caparazón donde hábitat es igual a salvación y protección.

Tras estas lecciones, empieza lo bueno: el congreso de Tintoretto, dos días de conferencias, de ideas raras, de mucho inglés con traducción simultánea… De hecho, Vanna se exaspera, lo que contrasta con el ensimismamiento de Francesca y mío. Paso por encima el capítulo Tintoretto (podéis estar seguros de que no caerá en saco roto) para remitirme a los acontecimientos, “ajenos” a las conferencias pero no por ello menos gratificantes: la última tarde estamos invitados a un cóctel en el Museo del Prado, en la sala circular en cuyo centro está el Carlos V y el furor de Leone Leoni. Nos sentimos dioses comiendo delicatessen al lado de la galería central del Museo del Prado, rodeados de la flor y nata de los investigadores del Cinquecento italiano. Pero nosotros, enemigos del decoro, invadimos una mesa que, casualmente, está al lado de la improvisada cocina (¡¡los roperos!!), e interceptamos cualquier plato que salga por aquella puerta. En resumen, nos ponemos hasta las cejas de pinchos exóticos y canapés imposibles. Hemos colado a Jaime y no dudamos en hacernos fotos en un escenario que en nada envidia a la mejor de las bodas. Nos casamos todos con todos, nos casamos con Tintoretto, y luego, de luna de miel, volvemos a las Cuevas del Sésamo. La sangría la encuentro especialmente mala (raro) y, al llegar las doce de la noche, el pianista entona el cumpleaños feliz en honor a Vanna, que cumple sus 24 el 28 de febrero.

El día siguiente, que en teoría nos tenía que dejar libres, se ve condicionado, de primera mañana, por una visita que tenía que hacer al médico y por la partida de Francesca, que vuelve a Italia. A la vuelta del aeropuerto, mi padre nos deja a Vanna y a mí en el Palacio Real (es miércoles y es gratis). Y justo cuando estábamos atravesando la plaza de Oriente, todo cambia. Una llamada telefónica anuncia a Vanna la muerte de una amiga suya. Perdemos orientación, razón y ganamos en desesperación. Ante su inminente sensación de estar en un lugar equivocado (sé que la muerte vivida fuera de casa supone un existencialismo extremo, donde todo parece fuera de lugar, donde nada tiene sentido, donde uno se siente especialmente solo y desorientado, donde no hay una mano que sostenga) se mezcla mi frustración de no poder estar cerca de ella, de hacerle pasar el trago. No es una razón de estar bien o mal, sino de devolverle algo que es suyo. No sé cómo expresarlo. En ese momento habría dado lo que fuera por estar lejos de Madrid, de estar lejos de cualquier parte del mundo. Solo quería estar donde ella debía estar, en casa, con sus amigos y familiares (que por otra parte no habían querido darle la noticia en realidad sucedida dos días antes porque no estaba en Italia, en casa). Y solo se me ocurría un sucedáneo: escuchar en silencio y en la más sincera de las compañías. Y siento que mi ayuda es en parte superficial, cuando en realidad querría a un amigo de casa, un amigo común con la víctima. Madrid, en cierto modo, acaba aquel día.

Todos los compromisos quedan cancelados. No hay más salidas con gente, interrumpimos cualquier cosa que tenga que ver con la vida social. Solo una visita al Reina Sofía (no permito a Vanna irse sin verlo) y otra al Museo del Prado (con la compañía de mi madre, su amiga Curry, y Rocío, a quien había prometido hacer de guía en la exposición de Tintoretto) y un par de cenas en mi casa, una para celebrar el cumpleaños nefasto y otra donde están mi abuela, mi hermano y mi cuñada. Me consta que, a pesar de todo, a pesar de la incomodidad de estar casi diez días en casa de la persona a la que quieres, pretendiendo hacer buena impresión a pesar de no hablar su lengua, y a pesar de la trágica experiencia, Vanna ha estado bien en mi casa. Mi padre la llama ya “su socia”, Daniel y Rocío le compraron un regalo cuando aún ni la habían visto, y en fin, mi madre, crucial, se portó con toda precaución y una sensibilidad increíble durante nuestra noche más difícil. Homenajeada queda con una foto donde parece una santa iluminada por la luz divina más brillante…

Antes de tomar el avión, sin embargo, desayuno de reyes en casa de Pablo. La experiencia en Madrid queda cerrada así, con un avión que sale con retraso y cuya puerta de embarque cambian cada cinco minutos, provocando las cóleras de los exasperados y las letanías nuestras, que solo queremos volver a “nuestra” ciudad.

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28 Marzo 2007

Que el amor no admite cuerdas reflexiones (Rubén Darío)

Señora, Amor es violento,
y cuando nos transfigura
nos enciende el pensamiento
la locura.

No pidas paz a mis brazos
que a los tuyos tienen presos:
son de guerra mis abrazos
y son de incendio mis besos;
y sería vano intento
el tornar mi mente obscura
si me enciende el pensamiento
la locura.

Clara está la mente mía
de llamas de amor, señora,
como la tienda del día
o el palacio de la aurora.

Y al perfume de tu ungüento
te persigue mi ventura,
y me enciende el pensamiento
la locura.

Mi gozo tu paladar
rico panal conceptúa,
como en el santo Cantar:
”Mel et lac sub lingua tua”.
La delicia de tu aliento
en tan divino vaso apura,
y me enciende el pensamiento
la locura.

Tags: poesia

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27 Marzo 2007

Alguien dijo CARNAVAL!!!!

Pero desde luego no fui yo. Yo, veneciano de adopción, lejos de ser un ciudadano más, una persona que en teoría tiene el derecho de sentir la ciudad como suya, sin embargo, me irrito ante el centenar de personas que no me dejan pasar. Venecia es un lugar donde corro, donde primo yo, donde soy egoísta, donde mi inútil reto es atravesar la ciudad en el menor tiempo posible. Y me siento feliz haciendo eses imposibles entre la gente, haciendo de kamikaze, buscando el hueco imposible entre la anciana que va delante y su perro rata.

Me sucede lo mismo allí donde voy. MP3 y carrera de obstáculos. Una reacción adolescente, un sentimiento de rebeldía estúpida, pero gratificante. Llegar a casa no es el objetivo, sino la excusa para hacerlo. En la puerta, siento una cierta decepción, el paseo se acabó. No es raro, por ello, que emplee opciones más extrañas, con tal de no dar por acaba la extenuante rebelión…

Y esto me lo arrebató el Carnaval. Con paso digno de procesión de Semana Santa, el calvario se presenta en forma de mochilero con cámara en mano, de máscara cutre de adolescente imberbe y de gorro de bufón al estilo Plaza Mayor en Navidad sobre la cabeza de alguna turista americana demasiado borracha, o de la ciudad o de vin brulè. Un Carnaval del que una vez pensé que era demasiado aristocrático, demasiado hipócrita, demasiado sin sentido. Y tal vez el Carnaval menos popular del mundo sea el de Venecia. Siempre queda la sensación de Carnaval de escaparate, donde los que más disfrutan paseando por las calles son los forraos que se pueden permitir unos disfraces de ensueño. No haré digresiones al respecto, simplemente diré que, para uno que vive en campo Sant’Aponal (justo entre la estación de tren y el puente de Rialto) es altamente estresante la idea de salir a la calle. Y es que nunca me podría acostumbrar al hecho de hacer cola para llegar a casa. Los callejones aquí son una trampa los fines de semana, así que no hablemos de las fiestas populares.

Pero hoy estoy perezoso (mejor para vosotros). No me apetece ni contar el origen del Carnaval, ni hablar de los tipos de disfraces y máscaras (últimamente ha caído en mis manos un libro de historia de la moda veneciana que me tienta, que conste), ni hacer de mártir de una sociedad de consumo turístico de la que ciertamente y con razón formo parte. Hoy me apetecen hechos. Contar lo que he hecho (o lo que recuerdo haber hecho, pasa ya más de un mes).

Para empezar, ha sido un Carnaval insulso. No he formado parte de él. Me he mantenido ajeno por voluntad propia. Me ha pasado un poco como en anteriores ocasiones. Ya no me divierto en Venecia, al menos no al estilo de antes. Para mí salir es pensar “puede ser mejor, o al menos lo fue”. Me aburro de sentado en el Rosso tomando un spritz, o de pie en Rialto con un vino tinto en mano. Me acuerdo mucho de hace tres años. Lo poco que he hecho este Carnaval me ha recordado a mi pasado. Un noche, en Rialto, había montado un escenario con go-gos al estilo Goldoni (patròn de esta ediciòn del carnaval) y Casanova (con cierta reminiscencia travesti) y con música que iba desde los Chemical Brothers hasta Grease. Pero, sinceramente, no tenía con quien vivirla. Desesperado, llamé a Jaime con la excusa de darle envidia. Pero el momento no me pertenecía.

Algo similar pasó al día siguiente, cuando fui a ver el Salto de la Paloma, la ceremonia inicial del Carnaval. Consiste en una espectacular (a la par que breve: 3 minutos al máximo) tradición donde una mujer, vestida con todo tipo de vuelos blancos, desciende desde lo alto del campanile de San Marcos hasta un escenario donde “la espera el dux”. Vamos, para desmitificar, una tía que se tira en tirolina viendo lo que tiene que ser casi el mejor escenario del mundo. Para amenizar la espera (o hacer el evento ligeramente más largo), cuatro “ángeles” volaban desde la base del campanile hasta lo alto, aunque con una coreografía impresionante, pues, al sonido de tempestades, hacían que caían, o que luchaban contra el viento. La Paloma, que “descendía” mientras los ángeles se quedaban a mitad de camino (ya nadie les mira), siempre es una celebridad italiana. Las cosas son así, y el año pasado le tocó a una de Gran Hermano. Este año era una nadadora de cuyo nombre no puedo acordarme.

Pues viendo esto estaba yo solo. Me tiré solo media hora bajo el sol que a veces se escondía, rodeado de franceses que codeaban como locos, una pareja de italianos pesados y un par de chicas muy bien disfrazadas, que la cagaron al abrir la boca y hablar en inglés. No me rendí y seguí esperando solo (Vanna se había levantado tarde, Francesca estaba llegando de Verona). Y conseguí verlo. Y no me arrepiento. Hace tres años me tuve que conformar con ver a la paloma a través de un arco del Palacio Ducal durante dos segundos, y esta vez estaba a pie de campanile. Disfruto como un niño, hasta que la Paloma toca el suelo y la gente empieza a aplaudir. El “presentador” del Carnaval comienza a decir gilipolleces, y yo dejo la plaza de San Marcos… El problema es que no fui el único que tuvo la idea. Si normalmente en atravesar la plaza se tarda un minuto, esta vez para salir hicieron falta unos veinte ¡Y encima tenía que ir a Rialto! Cargado de paciencia y de una brújula mental infalible que es uno de los dones de Venecia a aquel que se atreve a descubrirla sin mapa, me empiezo a mover por callejas secundarias que en diez minutos me llevan a Rialto, donde esperan Vanna y Francesca, que organizamos ya el complot que nos llevará a Madrid.

Poco después vuelvo a casa, porque uno de mis compañeros de piso nos deja por irse a Pekín (ay, Mariona, esta gente que estudia lenguas raras…). Y curiosamente, no es hasta el último día que nos hacemos una foto juntos. Tras unos abrazos y promesas de viajes y reencuentros en el futuro, nos deja. En su habitación deja a una chica que no aparece hasta una semana después. Un caos de chica, pero encantadora. Todos de nuevo contentos.

Días después, teníamos cena con dos amigas mías. Una veneciana, la otra londinense. Ilaria y Laura. Creo que Laura es, de los nuevos fichajes hechos en Venecia, mi favorito, la única que me ha hecho ser yo mismo (Vanna es algo más que un fichaje, e Ivan y Francesca, no seáis celosos, que sois más que veteranos). Así que me remangué las manos, preparé la ensalada a la especialidad de mi casa (lechuga, nueces, atún, maíz, manzana verde y salsa verde), que Laura e Ilaria no han tardado en adoptar y en bautizar como “l’Insalata dell’Amore”, y macarrones (no tenía spaghetti) a la carbonara “made in Ivan”. Todo un éxito. Tras el postre, cortesía de Laura, el repostre: botellita de Brugal de cosecha Qky en su viaje a Venecia. Y, para rematar, un porro que definitivamente me deja fuera de combate (ya sabéis como me sienta… ¡Madre, que no soy un drogadicto!).

Y si asistí a la inauguración del Carnaval, no podía faltar a la clausura. De nuevo en San Marcos, donde se sucedían juegos de luz de todo tipo, esta vez de noche. Tras un concierto de trompetistas y jazzistas en un escenario hortera en mitad de la plaza, y acompañado de Vanna y sus amigos, nos desplazamos hacia la Fondamenta degli Schiavoni, que da sobre el Bacino de San Marco. Todos miramos hacia la Giudecca y empieza a sonar “Imagine” (la canción favorita de Jaime… ejem), mientras fuegos artificiales intermitentes intentan seguir el ritmo de la música en lo que Sara bautizó como “fuegos piromusicales”. Suenan todo tipo de canciones (recuerdo a Manu: “Crazy little thing called love”) y, para rematar, el “Roxanne” de Sting versión Moulin Rouge. Así, el Carnaval acaba emotivamente, igual que empezó. Al principio solo, al final acompañado. Entre medias, escenas de vida cotidiana. No tengo fotos de disfraces, de acontecimientos… No tengo recuerdos del Carnaval a parte de estos. Tengo la cabeza absorbida entre Madrid y el cambio de casa.

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22 Marzo 2007

Argumento Milano (en realidad un poco de todo)

Jamás, con ninguna otra ciudad, incluida Madrid, he sentido la necesidad de comparar. Con Venecia es diferente. Venecia te acostumbra a una serie de cosas que luego puedes echar en falta… y muchas veces esas cosas son las mismas que te asfixian cuando estás en ella. Y es que no solo la belleza, sino la incomodidad de Venecia adiciona un poco. Es una ciudad que te obliga a esforzarte por conocerla, que te cansa, que te puede estresar, donde los caminos, muchas veces, son los mismos. No hay salida, pero es pequeña. Y así te lo agradece.

La ciudad es cómodamente inaccesible, vitalmente cansada. Los ritmos son diferentes. Venecia te une a la gente. La gente está en la calle (o al menos nosotros los estudiantes). Sales de casa cargado con las cosas no que necesitas, sino que puedes necesitar, porque no sabes cuando volverás. No porque no puedas llegar a casa porque estás lejos (aquí el concepto “lejos” tal vez se emplee para un paseo de veinte minutos), sino porque la vida aquí es así. Las distancias no se miden en paradas de metro, sino en puentes. En resumen, Venecia impone un estilo, es un modelo de vida urbana (no digo malo o bueno, pero indudablemente es un modelo por su particularidad). Y me hace pensar en una cosa que leí una vez que decía que Venecia fue, durante mucho tiempo, modelo de urbanismo (entendido no como urbanidad, sino como organización de la ciudad).

Y es que Venecia es una ciudad de personas, hecha y vivida por ellas. Cierto es que está sobre el agua, pero no hay naturaleza, y si la hay es fingida y escondida. Es una ciudad de piedra de Istria, mármol y paredes enlucidas de colores. Una ciudad con un sentido práctico evidente. Venecia, que ocupa una pequeñísima parcela de ¿tierra? ¿fango? ¿islotes?, se ha librado de crecer por su posición marítima, se ha librado de los coches, y formalmente continua siendo la misma. Y es así en las escenas de Gabriel Bella (premio para el que me diga cual es el campo veneciano del cuadro), en las vistas de Canaletto y en los teleros de Gentile Bellini.

Y ese sentido práctico se traduce en su angustioso sistema de callejuelas. No hay un espacio desaprovechado: las casas, los palacios se te echan encima. Las calles son estrechas. Todo está ocupado. Las escaleras son ultraempinadas y giran sobre sí misas buscando ocupar el mínimo espacio (no siempre es así, evidentemente los grandes nobles cuidaban mucho sus escaleras, pobres nosotros simples mortales…). Incluso estas escaleras se han convertido, en el caso del Palacio Contarini “del Bovolo” (literalmente, “de la caracola”), en motivos arquitectónicos práctico - decorativos ¡Y que alguien me diga si encontraría placer en tener que subirla y bajarla todos los días!

En fin, cosa extraña comenzar hablando así de Venecia cuando en realidad os pretendía contar mi aventura milanesa. Pero es que, en comparación con Venecia, Milán empalidece. Es una ciudad gris, sin reflejos. Gris con la niebla, pero también a la luz del sol. Una ciudad enorme y vasta. La grandeza de sus calles, las distancias me han hecho recordar Berlín en alguna ocasión, pero Berlín, como ciudad para vivir, es un paraíso. Sin embargo, Milán no. Milán es un pequeño gran infierno (perdón por ser tan tópico). Y en realidad no me gusta hablar de ella en estos términos porque es una ciudad que no conozco, pero es así. Hay ciudades que te caen bien, y otras que no…

Cierto es que tampoco he ido buscando las particularidades de Milán, no hemos hecho demasiado turismo, y el poco que hemos hecho ha sido de interiores. He tenido la consabida sensación de que, fuera de la Plaza de la Catedral, pocas cosas pueden alegrar los ojos (si exceptuamos la calle que va desde el Palazzo Sforzesco a la catedral). La primera vez que estuve en Milán me gustó porque estuve tres horas y no nos movimos de la plaza…

Sin embargo, esta vez la fachada de la catedral tenía andamios. No dejamos de verla por dentro, perdiéndonos en la sucesión de bóvedas (el efecto, a mi parecer, más sorprendente dentro de cualquier iglesia gótica), aunque no puedo dejar de tener la sensación de qué poco tiene que ver el templo con el resto de la ciudad. Parece un monumental corta y pega. Al lado se abre la galería de Vittorio Emmanuele, que es imposible que deje neutro. Son dos calles cubiertas por bóvedas de hierro y cristal que se cruzan bajo una enorme cúpula de los mismos materiales. Muy señorial, sí señor. En los chaflanes que dan al espacio central, sin embargo, salimos del ensueño. En cada esquina hay una súper tienda, tres de moda… y claro, la cuarta es un MacDolands…

Estoy hablando en plural, claro. No os he contado que he venido con Vanna. De hecho, Vanna ha vivido una temporada aquí. Su hermana ha estudiado y ahora trabaja en Milán, con lo cual visitar la ciudad era fácil. Es nuestro primer viaje, y se nota nuestro conflicto de intereses. Ella, apasionada de las artes de nuestro siglo, choca con mi “academicismo” y mi opinión de “no es arte lo que no haya cumplido por lo menos trescientos años”. De estas divergencias os hablaré luego.

Seguimos por la galería de Víctor Manuel (hagámosle español) y desembocamos en la famosa Scala de Milán, donde nos sentamos a comer unos Pancierotti (creo que se llaman así, una especie de masa rellena de lo que ofrezcan) mientras jugamos a adivinar, desde lejos y por la espalda, de quién es la escultura que preside la plaza de la Scala. Bueno, yo la miro dos segundos y proclamo soberbio, como se hace en los momentos en los que no es que se crea tener la razón, sino que no puede ser de otra manera: “¡Verdi!”, y el juego se acaba. Pobre ignorante, se trataba de Lenardo da Vinci que no sé por qué está delante de la Scala… Evidentemente, después de comer me hago la foto de rigor (dedicada a mi madre) delante del teatro.

Este fue nuestro paseo por el centro monumental. Y no, no pudimos ver la Última Cena de da Vinci (había que reservar, viva Dan Brown). Pero sí estuvimos en la pinacoteca de Brera. Aquí me ha pasado una cosa muy curiosa. Me he dado cuenta de que no tengo ni puta idea de arte, de que los nombres de los artistas a veces me suenan conocidos pero me paro a reflexionar y no tengo ni idea de quienes son… Bueno, me salva Mantegna y la pintura veneciana del Renacimiento: Bellini, Cima da Conegliano, Tiziano, Veronés y, sobre todo, Tintoretto y su llamado Descubrimiento del cuerpo de san Marcos, pintado para la Scuola Grande de San Marcos, en cuya sede se encuentra el actual hospital veneciano.

Lo ejecuta junto con otros dos cuadros como un ciclo de historias del santo. La representación arquitectónica, la perspectiva que tiende hacia la izquierda, la figura monumental del santo, lo forzado de las posturas de los personajes, los escorzos de los cuerpos desnudos (tanto el que está al lado del santo como el cuerpo que tres mozos se apresuran a sacar de su sarcófago) subrayan la violencia, el dramatismo de la escena (es imposible hablar de Tintoretto sin escribir dramatismo, luz, dinamismo, escenario, color y sombra, pues todos estos elementos van juntos). La interpretación tradicional del cuadro, pensada como el hallazgo del cuerpo del santo en Alejandría por la presencia de los hombres que extraen cuerpos de los sarcófagos de una iglesia, es, sin embargo, incorrecta. En realidad, representa milagros del santo aún vivo. La idea de que san Marcos se apareció para constatar que el cuerpo que tiene a sus pies es realmente el suyo no se sostiene por una incongruencia iconográfica. Cuando se representa a un santo efectuando milagros una vez muerto, éste nunca aparece con los pies en la tierra, sino en el aire, volando, para constatar la idea de que es una aparición divina, un milagro venido del cielo. Baste como ejemplo el cuadro que hizo famoso a Tintoretto, el Milagro del esclavo pintado para la misma Scuola, donde san Marcos, ya muerto, no solo aparece en el aire, sino que lo hace con un escorzo que aún sorprende.

Así, el Descubrimiento del cuerpo de san Marcos sería, en realidad, la representación de milagros “terrenos”, con el santo “físico”, vivo y presente, con los pies en el suelo: el exorcismo de un endemoniado (a la derecha, con un personaje que sostiene al endemoniado, de cuyo cuerpo sale el espíritu maligno que, en blando albayalde, flota en torno a las bóvedas, mientras una mujer horrorizada mira esta aparición), la curación de un ciego (aludida a través del joven que, tras el santo y en la sombra, señala su rostro) y la resurrección de un muerto (que el santo tiene frente a sí). En mitad del maremagnum, un hombre arrodillado que es el comitente de los cuadros, Tomaso Rangone. Esta explicación, sin embargo, deja alguna laguna ¿Qué hacen los hombres que, a la derecha en alto, y al fondo, no paran de abrir sarcófagos en busca de cuerpos? Citamos al gran Augusto Gentili que apunta que se trataría de una reacción de los presentes ante la resurrección del muerto que, visto el milagro, se apresuraron a repetirlo con otros difuntos, lo que explicaría una repulsión en el santo de ver su milagro entendido como una artimaña repetible y el gesto autoritario de la mano de Marcos que parece decir “¡basta!” (y que, por otra parte, parece ahuyentar el espíritu demoníaco que acaba de extraer del poseído).

En fin, tras ver este telero, de formato prácticamente cuadrado y con un tamaño de unos cuatro metros por cuatro (vamos, de todo menos pequeñito), la visita del museo se ve influenciada. Algún Tiziano llama mi atención, un Cristo de Bramante (primer cuadro que veo de un personaje que mi ignorancia asociaba solo al campo de la arquitectura)… hasta llegar al Neocasicismo, Romanticismo, Hayez… Que llaman mi atención aunque no demasiado… Una palabra (y esta va para Luis el de la facultad)… ¡AFECTACIÓN!

Esto por lo que respecta a “mi” arte. Vanna, sin embargo, adora el arte de los años ’50 – ’60 del siglo recientemente pasado, en especial el Arte Povera, el Arte Pobre, llamado así por el escaso valor de los materiales con los que se crea. Y en Milán exponía el griego Jannis Kounellis, representante de esta corriente (para más detalles, preguntad a Rocío…). La exposición estaba montada en un centro de exposiciones enorme, que parecía un grandísimo almacén habilitado con escaleras y pasarelas, pero de tal manera que el espacio parecía prácticamente diáfano. Y la exposición, montada por el propio Kounellis, era magnífica. Últimamente pienso que mi creciente interés por la arquitectura deriva de la curiosidad de ver cómo se representa y se interpreta el espacio. Y en el fondo, para el montaje de una exposición, el espacio es fundamental. Kounellis demuestra que no solo es un artista, sino que sabe cómo debe ser vista su obra. A nivel de suelo, un laberinto que solo se entiende si se mira desde una de las pasarelas superiores. Luego, también a nivel de suelo, una especie de zulo rematado con filas de libros que no dejan ver lo que hay dentro… aunque, de nuevo, sobre la pasarela, se ve el interior: un espacio vacío en cuyo centro hay una mancha de pintura negra que, si nos fijamos un poco, es el perfil del continente africano. Una mancha parecida se haya en el centro de la exposición, circundada por un círculo de sillas vacías, en alusión clara a la distancia a nivel político que hemos provocado todos, el hablar sobre África como dioses sin mirarla si quiera más que de lejos… bla bla bla…

¿Todo esto es correcto? ¿Me siento capacitado para escribir esto como si fuera cierto? ¿O me dejo llevar? Mi límite ante el arte contemporáneo es este: no lo conozco, y veo lo que quiero ver. Me hace pensar, pero tal vez no respeto la voluntad del artista, que por otra parte no debería contar… ¿o sí? ¿El artista como creador, como ideólogo o como inspirador? ¿Cómo un todo de todo? Me gusta hacer conjeturas, y, como a todos, me gusta tanto hablar de cosas que no conozco… Tal vez sea más fácil y más inspirado hacerlo. El desconocimiento, curiosamente, a veces te da alas, tal vez por su falta de respeto, mientras que el conocimiento te mide, te impone barreras, te impide, a veces, libertad de pensamiento, porque todo lo que dices lo tienes que constatar con lo que piensas o con lo que sabes o has oído decir…

En fin, para mi hablar de arte contemporáneo es decir gilipolleces, pero odio hacerlo como un esteta, como un conocedor (para hacer burla, como un connoisseur): prefiero hacerlo desde mi “ojo profano”. El arte contemporáneo a veces está lleno de palabras grandes pero vacías. No sé si alguien hace una obra por inspiración, o por rechazo, o por originalidad, o por romper… ¿Perseguimos lo que no está dicho, o lo que no está hecho? ¿Originalidad o lenguaje propio? La trampa del arte contemporáneo: ¿quién merece ser artista? ¿Lo puedo ser yo? ¿Lo puede ser mi vecino? ¿El arte es una idea o una ejecución?

Así, hablando con Vanna, me dice que Pino Pascali (su artista favorito, amigo de Kounellis y vinculado al Arte Povera) odia el Pop Art, el idealismo del consumismo, la imagen icónica como símbolo de una sociedad, el objeto de consumo hecho arte, que a la vez se transforma en objeto de consumo. Yo pienso automáticamente en Lichtenstein. En la escultura que hay en el patio interior de la ampliación del Reina Sofía, esa que parece una pincelada esculpida en plástico, con cierto parecido a un caballo blanco. No recuerdo la respuesta de Vanna a este respecto, pero me hace pensar. El Arte Povera (perdona, Vanna, que diré cosas muy equivocadas) YO lo pienso como un arte de reciclaje, que nos muestra nuestra propia basura hecha arte. Basura entendida como lo que se tira, lo que no tiene ya valor. Un juego ingenioso. YO (siempre en mayúsculas, porque no tengo ni idea y lo interpreto a mi manera) entonces veo cierta fraternidad entre Arte Povera y Pop Art. Uno toma lo “peor” de nuestra sociedad, el otro lo “mejor”. Uno rescata los objetos consumidos, el otro toma aquellos aún no consumidos, al menos no totalmente. Imagen contra imagen. Un tanque hecho con hierros sacados del cubo de basura frente al clásico bote de sopa de tomate. Uno, agresivo, te dispara, el otro, simpático, te llama estúpido. Y no sé si Warhol o Lichtenstein pretendían llamar la atención sobre ello. Tal vez pretendían, por el contrario, ensalzar la sociedad a la que pertenecemos. Me importa un carajo. YO lo veo así. Si el arte no tiene límites, que no me lo expliquen. Si mi ausencia de curiosidad me hace querer tirar a la basura a Tapiès, perdón. Si el impacto visivo me ha hecho adorar a Saura, mi interés será siempre visivo.

Todo lo dicho: Venecia, Milán, gótico, clasicismo, Tintoretto, Kounellis, Pascali, Arte Povera, Pop Art, Warhol, Lichtenstein, Tapiès, Saura… Son todos términos, sustantivos, que forman mi discurso, pobre, estúpido, pero al menos, personal...


El arte, como la religiòn, es una cuestiòn de fe... O tal vez de sensibilidad? Frente al arte contemporàneo me declaro ignorante y ateo... Insensible no.

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19 Marzo 2007

Retomo con el presente: AHORA

Joder, como estamos. Por fin he vuelto. La inspiración llega por diferentes caminos, todos ellos bien andados. He vuelto a escribir después de tanto tiempo, no solo porque he conseguido relajarme un poco, sino porque, por fin, mi blog funciona. Había escrito lo de Mantua poco después del viaje, hace ya un par de meses, pero no sé por qué, la página no me dejaba meter las fotos. Así, desesperado porquer la cosa no funcionaba, fui perdiendo interés…

Hoy la cosa ha sido diferente. La semana pasada en la Querini fue frenética. Llegaron las cajas para envalar los famosos cuadros que se van a Japón en primera clase y con todo tipo de comdidades y nos toco hacer la revisión técnica y el trabajo físico, que se llevó gran parte de mi paciencia y de mis fuerzas (de todas maneras, ha sido genial tener en las manos cuadros de Pietro Longhi). Por otra parte, también tuve que hacer de profesor improvisdado para un grupo de chavales españoles que venían de visita a la Querini para hacer actividades didácticas. Menudos macarras. El más osado de ellos, rebelde como el viento que agitaba su larga cabellera, llevaba una sudadera de SKA-P y dos pulseras de pinchos que eran casi más grandes que él… Vamos, que ahora estoy en el despacho de nuevo sin nada que hacer, he reintentado lo de Manuta, y esta vez me ha permitido meter las fotos.

En estos días han sucedido acontecimientos de los que daré testimonio en el blog… poco a poco… En primer lugar, un viaje a Milán con Vanna (¡Preciosa la compañía, horrible la ciudad!). Además, tenemos el viaje a Madrid y la exposición de Tintoretto (preparaos para culturetadas, jeje) y, por último pero tal vez más importante, el cambio de casa. He dejado mi pequeño agujero para irme a una habitación doble con Vanna, cerquísima de la Querini, en un apartamento enorme con tres cuartos de baño y otros cuatro compañeros de piso. Meteré fotos en breve. De hecho, el traslado, mudanza, el tener que encontrar personas que nos sustituyesen en nuestros apartamentos originales... ha agotado mis fuerzas, mi tiempo, y mis ganas de dar noticias. Pero, en fin, ya se ha acabado.

No entro en detalles por ahora. Solo deciros que poco a poco se cubrirán huecos y, más importante, se retomará la crónica puntual de acontecimientos… si el blog lo permite. Muchos besos especiamente a Manu, que con su último mail, precisamente llamado "cambios", también me ha hecho tomar consciencia del abandono al que os / me había condenado.

Lo spagnolo volante ha vuelto!!!!!!

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19 Marzo 2007

Retomamos con el pasado: Mantua

Mi cumpleaños, oficialmente, acabó el pasado 13 de enero de 2007. Faltaba el último regalo. Faltaba Ivan. Antes de partir, me hizo como regalo un libro de Palladio que ya tenía. Temeroso quizás de comprar algo que de nuevo tuviese (esos libros que son mi perdición y la ruina de los regalos ajenos), la segunda intentona fue infinitamente mejor que cualquier libro.

Querido Ivan, que siempre te quejas de que no digo cosas bonitas sobre
ti en mi blog. Debo reconocerte no solo mi supervivencia (¿que habría
sido de mí en el aeropuerto de Marco Polo a las 3’00 de la mañana
cargado de maletas y sin lugar al que ir?), sino una compañía que cada vez se demuestra más provechosa, más cómoda, más fraternal. De hecho, te otorgo en este momento el título de “familia” (no solo a ti, sino también “ai tuoi”… me siento como un emperador concediendo títulos nobiliarios…). A la ciudad de Padua le concedemos el honor de ser mi segunda casa en este momento. Gracias de nuevo por todo, Ivan. Gracias también por estar conmigo en el momento más duro que he sufrido fuera de casa. Gracias por no perderme de vista.

Me pides además la exaltación de tu Patavium natal... en otra ocasión. Hablemos ahora de tu regalo. La famosa exposición antológico-centenaria de Mantegna (me cito a mi mismo: mirar el viaje a Verona) transcurre en Verona, Padua y Mantua. Habíamos visitado ya la de Verona, y nos quedaban Padua y Mantua. La de Padua la veremos esta semana, aprovechando que la han prorrogado. La de Mantua, por ser más lejos, motivaba un poco más la gana. Además, la clase que di sobre Alberti en la universidad había despertado ya desde antes de ir a Madrid las ganas de ir a Mantua, lo que además se complementaba con la presencia de una exposición del arquitecto que acababa precisamente aquel fin de semana. Y cómo no, estaba el Palacio del Te, donde precisamente estaba la
exposición de Mantegna. Así, Ivan decidió invitarme al viaje: trenes,
comida, entradas a las
exposiciones e incluso al café.
Así que como un
niño mimado, alegre como unas castañuelas, risueño como aquel que en un
momento se ve liberado del peso de la mínima responsabilidad (pues también se ha encargado de mirar horarios y demás), partimos.

Ya desde el tren, que flanquea el Palacio del Te (provocando insólitas
vibraciones en el edificio…), vemos que hay bastante gente que se
amontona en la puerta de la exposición. Cuando llegamos nosotros, a las
11, nos dicen que tenemos que entrar con el grupo de las 12’30, que mientras podemos aprovechar para visitar el palacio, que estaba incluido en la entrada a la exposición. Y vivan el Palacio del Te y Giulio Romano...


Como edificio es insólito, sorprendente. Pequeño pero lleno de particularidades, con un patio al que dan cuatro fachadas diferentes, que tienen todos los elementos en común pero combinados en diferentes maneras. Las columnas se erigen como elementos rítmicos y ordenadores, pero no son las únicas protagonistas de la plasticidad de los muros, pues aquí intervienen sobre todo el almohadillado y las claves rústicas de los arcos. Es un palacio que pesa, es incorrecto desde un punto de vista formal renacentista, sea por los arcos que se salen del marco habitual, de los frontones rotos en su base, y me acuerdo de la Soco, mi profesora de Manierismo. Me acuerdo de sus clases, aunque no del detalle que más me ha gustado. Me encuentro delante de uno de los edificios más originales y sorprendentes que he visto jamás.La declaración manierista, o anticlásica, o incorrecta, o como se quiera llamar a la crisis del Renacimiento, más sorprendente se muestra en dos de las fachadas, donde la sucesión de triglifos y metopas del friso se ve alterada en los intercolumnios, ya que las metopas se dislocan, levemente, para situarlas a otro nivel, por debajo, rompiendo así el propio friso, y dando más dinamismo y un no sé qué de que algo no encaja, algo que se escapa precisamente por lo sorprendente del efecto.

En cuanto a la decoración, el Palacio del Tè es famoso por la Sala de los Gigantes, un espacio axifiado por la representaciòn de la derrota de los gigantes después de revelarse ante los dioses del Olimpo. La habitación, por entero, es un fresco que ilustra un mundo caótico, con edificios en ruinas que podrían haber sido partes del palacio, con gigantes caìdos que se apoyan en los dinteles de las puertas. Todo culminado con una cúpula con todos los dioses paganos que tienen prontas sus armas, culminando, evidentemente, con Júpiter y su haz de rayos. Lástima la vigilancia y mi inusitado sentido del civismo (que a veces me sorprende para mal), que me impidieron hacer fotos.

Tras el recorrido por todas las estancias, llenas de frescos casi todos mitológicos o conmemorativos (había una sala con todos los caballos de la familia Gonzaga, que encargó el palacio), nos dirigimos a la exposición de Mantegna. En qué hora... No nos enteramos de nada. Somos del grupo de las 12’30 pero llegan las 13 y nada. Finalmente, tras un barullo de tres pares, conseguimos acceder al recinto de la exposición. Especificio recinto, que no exposición, que en el acceso a la exposición tenemos que esperar por otro buen rato, asfixiados de calor y agobiados de gentío. Conseguimos por fin pasar y encontramos que no hay ni una maldita explicación o referencia a los cuadros ni a las secciones. Prácticamente, entro y ya tengo ganas de salir. Mejor, de escapar. En fin, tras hacer cola para ver cada uno de los cuadros, que son en su mayoría pequeños cuadros de devoción privada y retratos, y tras hacer otra vez cola (si, incluso dentro de la exposición tienen montado un retén para tustistas) llegamos, por fin, a las obras de Mantegna. Lástima llegar así, derrotado, cansado, harto, sin ganas. Pero bueno, Mantegna no desilusiona. Entre las obras, se encuentra el famoso Cristo Muerto que es un fuerte escorzo concentrado en la figura de Cristo, un verdadero alarde experimental de perspectiva que ha sido ciertamente criticado por parecer un Cristo enano. En fin, señores, Quattrocento: las ideas nacen, se empiezan a llevar a cabo. Queda poco para que se desarrollen con una técnica correcta.

Para los que recuerden lo que escribí sobre Verona, se acordarán de la foto que incluí con Francesca e Ivan con una gran M roja, que precisamente anunciaba la exposición de Mantegna. Pues en Mantua, además de la M, nos encontramos con la A de Alberti. Leon Battista Alberti es el gran protagonista de la primera arquitectura
renacentista. Fue el primero que escribió un tratado de arquitectura, el primero en actualizar, redefinir y regularizar un vocabulario arquitectónico que había sido comenzado a emplear ya por sus contemporáneos (especialmente Brunelleschi en Florencia) que se basaba en una idealizada Antigüedad pero a la que había que aportar modernidad, contemporaneidad. Sus pocos edificios, por ello, son lo más precisos y filológicos en lo que se refiere a literatura artística y arqueológica. Y es que no se conforma con leer lo que sobre la arquitectura han escrito los antiguos, sino que demuestra también un juicio crítico al contrastar sus palabras con los restos romanos conservados. Así, se explica si famoso mote, el “QVID TVM?” o “¿entonces qué?”, que respalda el conocimiento sin límites, las
búsqueda perpetua, y que siempre acompaña a su emblema, el ojo alado, que simboliza el estudio, la observación de semilla empírica, desde lo alto. Mirar desde lo alto, sin inmiscuirnos pero sin perder detalle, para aprender. Y sobre todo, no parar de aprender.

Todos esto, y ejemplos de todos sus edificios, era explicado detalladamente en la exposición que vimos, seguramente la que más me ha emocionado jamás. Todo aquello que había estudiado estaba allí. Prácticamente todo lo que expuse durante la clase que di estaba allí. Estaba ilusionado, feliz.

Además, en Mantua hay dos iglesias proyectadas por Alberti. En primer lugar está San Sebastiano, que ha llegado a nuestros dìas muy deformada debido tanto a
que nunca se llegó a acabar según el proyecto de Alberti como a una restauración tan atrevida como poco acertada. Da la sensación de un edificio no acabado, pues según el proyecto original probablemente
debiese tener una gran escalinata de acceso en lugar de las arcadas del piso inferior que acceden a la cripta (que por lo demás escapa a los cánones albertianos).

La segunda es la iglesia de Sant’Andrea, la catedral, que es realmente un amalgama de tipologías clásicas: la fachada mezcla el de arco de triunfo con una fachada de templo, mientras que el interior es totalmente basilical, con una gran galería central a la que dan los enormes arcos que abren las capillas laterales. Son dos edificios discutidos, de difícil estudio por la sucesión de los trabajos después de la muerte de Alberti (de hecho, Sant’Andrea se empieza a construir el mismo año en que muerte el arquitecto, y o se culmina hasta que casi trescientos años más tarde “nuestro” Juvarra construye la cúpula).

En fin, yo que creía que tras el viaje a Berlín me costaría volver a
ilusionarme viajando… Y es que, como bien me dijo Ivan al final del
viaje: “de este viaje no te quedarán secuelas materiales, solo un bello
recuerdo y una inspiración intelectual grande”. Así, con el catalogo de
la exposición de Alberti en la mano y con una sonrisa, vuelvo a
Venecia. GRACIAS, IVAN!

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16 Enero 2007

Pablo y Jaime, nobles venecianos

La maleta ha vuelto a tener problemas. Ha llegado a Bérgamo esta vez, pero en estado de embriaguez. La prohibición de llevar líquidos dentro del avión habrá motivado a algún infeliz a llevar dentro de su maleta una botella de vino (tinto, para ser precisos). No quiero ni imaginarme su cara cuando haya descubierto que se le ha roto dentro, salpicando a las que tenía alrededor, entre ellas la mía, que no gana para disgustos. En fin, la aferro. Ha llegado, basta. Una ducha en casa y problema resuelto.

Mientras Pablo y Jaime se preocupan por el asunto de ir de Bérgamo a Venecia, yo preparo el golpe de escena: Ivan ha venido a recogernos, pero ellos no lo saben. Ivan, siempre fiel, siempre grande, siempre él, espera tal vez más impaciente que nosotros. El reencuentro, un poco bajo los efectos narcóticos de breves cabezadas de sueño en incómodos aviones, es genial. Corremos al coche, lo cargamos (mi sola maleta invade literalmente el maletero, lo demás tiene que ir dentro, para infortunio de los que van sentados atrás) y, tras el imprescindible café, partimos, yo a los mandos del copiloto. Pocos minutos después descubrimos que Pablo y Jaime, aliándose con mochilas y bolsas, que les sirven de improvisadas almohadas, se han quedado dormidos… y prácticamente no abren ojo hasta que llegamos a Padua, egregia ciudad del más grande de los Ivanes. Decidimos pasearla y comer allí, pasamos unas horas muy agradables bajo el sol de la mañana que por fin se nos revela este año, y que en Berlín nos había sido negado. Entre el Prato della Valle (Ivan, lo puedes ver en las imágenes), la basílica del Santo… se agota el mínimo atisbo de energía que podíamos conservar todavía…

La vuelta a Venecia, en tren desde Padua, es triunfal, evidentemente. Llegamos a casa, por fin. Escribo casa, y es que ya siento Venecia como mi casa, al menos por ahora. Es día tres, empiezo a trabajar el día ocho. Esto es, tengo cinco días de vacaciones ociosas, para tocarme los mismísimos, para estar todo el día en casa si me da la gana (clásicas vacaciones que solo se puede permitir uno en un sitio que siente como casa). No es así para Pablo y Jaime, que no pueden evitar sucumbir la primera tarde al sueño profundo. Se van a la cama a las siete de la tarde… y hasta el día siguiente. Yo, mientras, me he ido a buscar a Vanna, que llega poco tiempo después.

Se suceden dos días de intimidad respetada. Jaime y Pablo se dedican a pasear la ciudad mientras yo me dedico a no hacer nada especial. El vínculo Venecia entre Jaime y yo, poderoso, se desconsuela al saber que esta vez Jaime se irá y yo me quedaré. No es como las otras veces, no llevamos el mismo ritmo. Él viene de vacaciones, mientras que yo empiezo a poner el punto final. Pero esta vez no es solo Jaime, es también Pablo, al que por otra parte, y quizá por razones diferentes, me gustaría retener en Venecia. Y es que Pablo es la persona que conozco más fiel al concepto de belleza, la siente, la aprehende. Y Venecia, no en vano, es la ciudad más bella del mundo. Pablo aquí sería feliz, y su compañía sería sorprendente. Pero no les quiero invadir, sino que quiero compartir mi vida con ellos. Por ello la intimidad compartida, porque sé que quieren estar solos, porque están de vacaciones, porque se necesitan, porque no les quiero retener a pesar de desearlo de todo corazón, y por otra parte porque yo también necesito mi intimidad, tanto solitaria como con Vanna, que, durante estas vacaciones, se ha presentado en ocasiones bajo una forma forzada, bajo la forma del compromiso.

A veces pienso que para sentir la intimidad hace falta concebirla como un concepto atemporal, aunque dure unos pocos segundos. Y reconozco que cuando se está de vacaciones “sociales” es difícil. Esto está lejos de ser una queja, es solo un estado. La intimidad no tiene por qué vivirse solo. La sensación de ver a una persona tras mucho tiempo, de cruzar una mirada y entenderla, entra dentro del espectro de intimidad compartida, que era lo que más echaba de menos al salir de Venecia. Pero por otra parte, me he acostumbrado a estar a mi aire en Venecia. Venecia es genial como ciudad intimista, y me he hecho adicto a este sentimiento. Por ello, si no me siento a mi aire aquí, no merece la pena estar. Concibo tener prisa en Madrid, concibo el estrés, concibo las prisas. Pero en Venecia no hay nada que me irrite más. Sé que tengo tiempo para todo, y por ello no me permito desequilibrios. Y tal vez por ello, cada vez que llego aquí, sea desde Madrid, Berlín, Florencia o Padua, mi siento en casa, porque Venecia lleva el ritmo que yo le impongo, no dependo de nadie, hago lo que me da la gana.

Y tal vez por ello, los mejores momentos con Pablo, Jaime, e incluso con Ivan, Katia y su novio cuando vinieron a visitarnos, los recuerdo en mi casa, haciendo CD’s de música o fotos deformes con el portátil. Porque mi vida en Venecia tiene mucho que ver con mi casa, porque la ciudad no representa la intimidad porque hay demasiado por hacer al salir por la puerta. No he hecho turismo con Pablo y Jaime, ellos se sobraban, no me he ofrecido a ir con ellos y ellos tampoco me han invitado. Ellos estaban de vacaciones, yo, como he dicho, las había dado por acabadas desde un punto de vista “activo”. Todos sabíamos lo que queríamos, nos entendíamos y nos respetábamos.

La vida social en Venecia, como viene sucediendo desde que estoy aquí, comienza poco después de irse el sol, a partir de las 19, cuando se suceden spritzs, cenas… La luz del sol elimina un poco el sentido de soledad-intimidad, de exclusividad, o eso me parece. Las últimas horas del día en vacaciones son de lo mejor, cuando, demasiado cansados para moverse demasiado, se comparte lo vivido durante el día o, exhaustos de ello, se divaga sobre lo que sea. Con Pablo y Jaime, y con Manu en Berlín, sucedía. Durante el día, la protagonista era la ciudad. Por la noche, los protagonistas eran los demás. Y es cuando se entiende que Berlín, Madrid o Venecia son la misma ciudad dependiendo de las personas con las que se compartan.

Entrando en pequeños detalles, destacamos la cena en el Nono Risorio con Ivan, donde las camareras, todas bellas, se llevaban nuestras miradas, a pesar de parecer una mesa del comité directivo de la Zero (esto es un guiño a Pablo). Y también la visita de Elisa, con la que he hecho una especie de intercambio de vida.

¿Conclusiones? Pienso en Pablo y Jaime, que han empezado un viaje con otras cinco personas y han vuelto solos, cargados de maletas y con la mirada un poco perdida en los días pasados, cargada quizás con un poco de envidia, tal vez hacia nosotros, o tal vez hacia ellos mismos apenas una semana antes, cuando todo iba a empezar. Todos nos hemos quedado por el camino. Manu, Jessica, Diego, Stefanie, Eva Maria, Celine, Felipe, y, por qué no, incluso Uli, el compañero de piso de Manu (a su pesar, el personaje esperpéntico del viaje), Ivan, Katia, Elisa, Santi, una cena de Nochevieja en un lugar desconocido, paseos en la bici de Manu por Unter den Linden, unas uvas extrañas, una maleta extraviada y borracha, pompas de jabón, perritos (o perrazos) calientes, muchos aviones, tres ciudades, tramezzinis, camareras… cosas que aisladas tal vez no sean de gran interés pero que vividas con la gente que quieres se hacen inolvidables. Todo esto tal vez sean pensamientos simplistas, empalagosamente laudatorios, pero su ingenuidad esconde una sinceridad profunda. En definitiva, tengo ganas de secuestraros a todos y traeros aquí. Y a los que no habéis estado también, precisamente por no haber estado... y os sigo esperando.

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